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Biriato.

Antroponimia

Biriato ha sido, sin duda, el hombre más grande nacido en Iberia desde el Neolítico hasta hoy. El autor más moderado y ecuánime entre todos los que escribieron sobre nuestros antepasados, el egipcio Apiano (poco dudoso de parcialidad a favor de ellos pues llegó a ser nombrado Procurator Augustorum de Marco Aurelio y Lucio Vero), escribe en su Historia romana, VI, 75, a modo de epitafio, lo siguiente: “Tan grande fue la nostalgia que de él dejó tras sí Viriato, un hombre que aún siendo bárbaro, estuvo provisto de las cualidades más elevadas de un general; era el primero de todos en arrostrar el peligro y el más justo a la hora de repartir el botín. Pues jamás aceptó tomar la porción mayor aunque se lo pidieran en todas las ocasiones, e incluso aquello que tomaba lo repartía entre los más valientes. Gracias a ello tuvo un ejército con gente de diversa procedencia sin conocer en los ocho años de esta guerra (147 a 139 a. de C.) ninguna sedición, obediente siempre y absolutamente dispuesto a arrostrar los peligros, tarea esta dificilísima y jamás conseguida fácilmente por ningún general”.

Pero los historiadores, y menos los romanos en general, no llegaron a comprender la enorme dimensión humana de Biriato. Partimos del hecho de que la primera aparición de Biriato en las páginas de la Historia es como sobreviviente al monstruoso genocidio de Galba, con la muerte alevosa y traidora de casi 30.000 iberos, de toda edad sexo y condición que buscaban la paz y tierra para trabajar. Fue testigo directo de aquella terrible masacre que, inevitablemente, se grabó en su conciencia para siempre: “Sin embargo unos pocos de ellos lograron escapar, entre los que se encontraba Viriato, quien poco tiempo después se puso al frente de los lusitanos, dio muerte a muchos romanos y llevó a cabo las más grandes hazañas… Él (Cayo Vetilio) prometió entregársela (la tierra) y se dispuso a firmar un acuerdo. Pero Viriato que había escapado a la perfidia de Galba y entonces estaba con ellos, les trajo a la memoria la falta de palabra de los romanos y cuántas veces habían violado los juramentos que les habían dado y cómo todo aquel ejército estaba formado por hombres que habían escapado a tales perjurios de Galba y de Lúculo. Les dijo que no había que desesperar de salvarse de aquel lugar, si estaban dispuestos a obedecerle. Encendidos los ánimos y recobradas las esperanzas, lo eligieron general” (Op. cit. VI, 61-62).

Biriato y sus iberos, por una parte, y Roma y los hispano-romanos (hispanos traidores y sometidos), por otra, constituían dos mundos opuestos, incompatibles, irreconciliables. Ni la historia de la España romana, ni la de los reinos medievales, ni la de la España unida y sus conquistas y hazañas (singularmente en América), ni la sangrante y permanente fractura social hasta la Constitución de 1.978, ni, en definitiva, el problema de Las Dos Españas, pueden entenderse sin las lecciones extraídas de la invasión romana y la resistencia ibérica. Presentemos sucintamente a los protagonistas tan solo para centrar la cuestión: Los romanos descollaban por su soberbia (elegidos por los dioses), inmoralidad pública y privada (su religión no comportaba código moral alguno), la injusticia (leer a Cicerón, La República, libro III, cap. IX), la violencia y la rapiña; su famoso legado consistió, sobre todo, en el fascismo y la esclavitud. Los iberos (bien conocidos por mí a través de la lectura de sus textos epigráficos), se organizaron bajo los principios de libertad e igualdad; poseían un exigente código moral, nacido de una religión racional y bellísima, en la que La Madre, que hasta el momento se había limitado a enviarnos remordimientos de conciencia, nos esperaba al final de nuestras vidas en el paso estrecho y dificultoso para acoger – o no- nuestra alma en el refugio de paz y bienestar para siempre, junto a Ella; la justicia, la paz, la verdad, el camino justo, la humildad, la prudencia en el hablar, la familia, los hijos, el honor personal, el trabajo y otras más se constituyen en imperativos y metas de sus vidas. El choque de dos mundos, de dos civilizaciones antagónicas: triunfó por la fuerza la maligna, y sus promesas de poder, gloria, fama, riqueza y placer fueron capaces de corromper y manipular la religión cristiana que, en manos de la Iglesia, es un inaceptable montaje cimentado en la hipocresía.    

Biriato representa como nadie el espíritu ibero, es la fuerza, el brazo armado del Bien. Son reconocidos su arrojo, su valentía, su inteligencia y habilidad en la guerra; pero no se incide lo suficiente en la evidencia de que lucha para alcanzar la paz, la independencia, la libertad, por la pervivencia de un mundo que desaparece. Hasta tres veces lo encontramos brindando la paz al enemigo tras haberlo vencido, mostrando su inmensa generosidad, y bien cerca que estuvo de lograrlo pues, aceptada la paz por los romanos y proclamado “amigo del pueblo romano”…”parecía que había terminado la guerra de Viriato”. Pero el Mal (al que los propios iberos llaman, en un texto epigráfico, La Bestia) no cesa y consigue que el Senado rompa el tratado y se reanude la guerra, y echando mano de sus hijos, la traición y el soborno, alcanza la alevosa muerte de Biriato a manos de tres de sus amigos. En lo personal, Biriato muestra todas las virtudes que preconiza La Madre; huye de la jactancia y la ostentación, posee una fuerza interior que le lleva a la entrega absoluta, siempre dispuesto a la lucha y el sacrificio (duerme con la armadura puesta), es extremadamente sobrio y morigerado, cuida de los suyos como si de sus hijos se tratara, es un ejemplo viviente para todos…

Quiero aportar una nota más al conocimiento de este gran hombre. “Durante el consulado de los mismos personajes, Viriato, de origen lusitano, pastor y bandolero, aterrorizó en Hispania a todos los romanos…” (Orosio, Historias, libro V, 4). “A los lusitanos los sublevó Viriato, hombre de utilísima sagacidad que, tras convertirse de cazador en bandolero y luego de bandolero en caudillo y general…” (Floro, Epítome de la Historia de Titi Livio, II, 17. En la generalidad de las fuentes domina la idea de Biriato “pastor lusitano”. ¿Era realmente Biriato un pastor antes de la agresión romana?. El estudio de este antropónimo ibérico (volveremos en otro momento sobra la génesis de tales nombres) dejará zanjada la cuestión definitivamente.

Biriato (no hay razón alguna para la utilización de la V inicial, aunque es de temer que algún iluminado lingüista de pacotilla haya descubierto la voz latina vir-i en un nombre ibérico) es una composición de la lengua ibérica integrada por dos formas y un fonema protético. La primera de esas formas el irion, que los diccionarios suelen recoger con valor verbal y significado de hacer ir, conducir, guiar. Cuando tantas veces hemos repetido (norma constante de la lengua ibérica) que el verbo va siempre al final, podría pensarse que estamos ante un mal inicio; confío, porque también ha quedado explicado en multitud de ocasiones, que mis lectores más asiduos no encontrarán problema alguno: en esta lengua, el infinitivo (conducir) y el agente de tercer grado (el que conduce o el conductor) son idénticos; dicho de otro modo, este agente tiene desinencia cero. Por consiguiente, irion = el conductor. Pero irion presenta un “frente descubierto”, un “hueco susceptible de ser rellenado”, por lo que entrará en juego una de esas consonantes protéticas (b, m y g fundamentalmente) tan habituales en nuestros trabajos. Aquí juega la b, tal como vimos en su día con b-onantza > Bonansa, b-iza-urri > Bisaurri, b-iza-ali-bontz > Bisalibons, b-orna-eta > Borneta y Morneta, y otros muchos ejemplos más. La segunda forma de esta composición es el nombre ato, y el enlace o sutura presenta una notable particularidad: birion+ato sigue la regla general de elipsis al final del primer término, birio(n)ato, pero este resultado contiene un violento hiato que dificulta y entorpece la pronunciación. La solución consiste en la profundización de la elipsis al final del primer término, esto es, biri(on)ato. Ato significa rebaño, en general, sin especificar si grande o pequeño, ovino, vacuno, etc.; es voz que aparece en toponimia con cierta frecuencia (torre-obi-ato > Torrobato, Torrelobato y Torre del Obato; ez-da-ato-ele-a > Estatela y Estadilla, etc.) y que ha llegado hasta el castellano actual (voz hato, porción de ganado mayor o menor, según nuestra inefable Academia de la Lengua que la hace derivar “quizá” del gótico fata). En conclusión, Biriato significa literalmente “el conductor de rebaños” o, si se quiere, “el pastor”.    

 

 


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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