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Tella (243)

Altoaragonesa

Municipio en 1.834, se le une en 1.845 Revilla. En 1.960-70 se une a Sin y Salinas para formar el municipio de Tella-Sin, con capitalidad en Tella. El pueblo de Tella es descrito por Adolfo Castán en Lugares del Alto Aragón del modo siguiente: “Lugar de 40 h.; a 1.384 m de altitud. Tenía 134 h. en 1.900. Acceso desde la carretera Aínsa-Bielsa. Se cita en 1.210. Una larga calle, calle de La Iglesia, asume la dirección del conjunto, agazapado en la cabecera de una fuerte pendiente y protegida de los fríos del norte por una muralla calcárea; todas las viviendas, renovadas, se orillan al sur de la calleja en busca de insolación óptima. Junto a la fuente hay una vivienda que incrusta aspilleras en los muros y un vano con arquito conopial y cruz –siglo XVII-. El templo de San Martín es del siglo XVI: planta de crucero bajo, cubriéndolo todo bóveda de medio cañón; sacristía, puerta bajo atrio y torre; atrio, alargamiento del ábside y recrecimiento de la torre son posteriores. Ermita de los Santos Juan y Pablo –rehabilitada-, consagrada en el año 1.019, pero de cuyos momentos solo parece conservar la cripta, reparándose en los siglos XIII y XVI. Ermitas de: Fajanillas, nave –acortada- y ábside románicos y torre aspilleraza del siglo XVI; Nta. Sra. de la Peña, s. XVI: nave y ábside rectangular abovedados; corta capilla en el lado del Evangelio y puerta adovelado en los pies; S. Sebastián, s. XVII: nave y ábside rectangulares con puerta adovelada en los pies. Vestigios de culturas prehistóricas menudean en varios covachos de su término y en el majestuoso megalito dolmen de La Campa. Museo de la Brujería. Oficina de información del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido en el antiguo molino”. Añadamos que Tella aparece citado por vez primera en el documento nº 732 de la Colección diplomática de la Catedral de Huesca, de D. Antonio Durán, fechado en enero de 1.211 en el que se nombra a don Spanyol de Tella et don Garsia de Tella.

Agricultura y ganadería se constituyen, a la par, en el medio fundamental de vida de una población que se organiza en tiempos neolíticos, evidenciada en los vestigios prehistóricos de los covachos y el dolmen antes citados. Hoy en día, aquellos medios tan tenazmente conservados hasta tiempos recientes, han cedido en buena parte ante el turismo que, en algunos momentos del verano, llega a ser masivo: las calles, los rincones, todo pequeño ensanche se llena de vehículos de los que se apean turistas, entre excursionistas (mucho calzado de montaña) y simples curiosos. La ruta de las ermitas (visita guiada), las brujas y el dolmen son los principales alicientes, sin olvidar la atención, siempre deferente, en la oficina del Parque Nacional. Hasta aquí, al igual que a Lamiana, Arinzué y Rebilla, llega un flujo continuo de franceses que se desparraman por rutas y oteros, pero también por los restaurantes, merenderos y bares del país. Uno, vecino de un valle (el del Ésera) cegado hacia Francia, no puede por menos que envidiar a los vecinos del Cinca, y lamentar la estulticia de quienes quieren defender de cualquier manera su coto cerrado.

A los medios tradicionales de vida se refiere, con su visión especialmente lúcida, Fernando Biarge en Sobrarbe, testigo directo, págs. 55-67, bajo el título de Tella y sus ermitas. Con relación a la agricultura, entresacamos los párrafos siguientes: “Ha sido necesario preparar, por todas partes, fajas de distintas dimensiones, por todas las vertientes. En Tella, las terrazas preparadas sobre fuertes pendientes, presentan a la vez, muros de contención y taludes herbosos, de varios metros de altura… Aparecen campos muy estrechos, de una anchura máxima de dos o tres metros, en función de la notable pendiente, casi menores que las diferencias de nivel entre bancales… Así son visibles, a pesar del interés de la vegetación por esconder tan descomunal trabajo, las largas laderas orientales y meridionales de la Peña Billa, al sudoeste del pueblo y la que orientada al este, baja hasta las estructuras de San Marcial… Se aprecia, por encima de todo, la escasez del terreno agrícola y el aprovechamiento de la menor superficie disponible. “Aquí en Tella un gazapón se brinca siete fajetons”… Leemos en el Madoz (1.845-50) que esta agricultura tradicional de secano producía principalmente trigo, patatas y pastos, y que, en consecuencia, abundaba el ganado lanar, algo de vacuno y mular. El comercio consistía en la “estracción de ganados y maderas”.

Estas tremendas limitaciones de la agricultura hicieron que fuese la ganadería la actividad preponderante y la que provocó mayor movimiento económico. Se dio en Tella un tránsito de rebaños multidireccional, hoy en día muy menguado por la debilidad de la trashumancia, poco presente en la mente de las gentes del lugar que, naturalmente, han perdido el recuerdo de lo que acontecía en siglos pasados. Aún así, es posible recoger una serie de datos que permiten reconstruir en parte aquel acontecer natural y ordinario. Volvemos a Fernando Biarge, obra citada, pare leer los siguiente: “En Tella es monte es municipal. En altura, el predominio del monte es neto sobre las superficies de cultivo, en un territorio en el que se aprecia la influencia del medio de montaña, tanto en su morfología como en la climatología. Allí donde no llegan ni los campos ni los prados, muy cerca, se extiende el monte… Las laderas presentan muchos trozos donde aflora la roca viva, por lo que los pastos no ocupan la totalidad de la superficie. No se utilizan más que las zonas más verdes, húmedas y de mejor acceso. Tella admitió la participación de rebaños foráneos de bovino en sus pastos, en función de su capacidad de acogida. Dos rebaños propios de distinto signo, uno de ovino y otro de bovino, pastaban en el monte denominado La Estiva y eran guardados por los propietarios según un turno que recaía en el principio de que cada familia debía un día de vigilancia por cada vaca y otro por un número de ovejas que variaba de cinco a diez, según los años… La importancia del capítulo caprino justificaba la preparación de un rebaño común, la cabrería, guardada por un solo pastor o en turno por los propietarios. La Montaña de Tella la dirigía una Junta Administrativa, de tipo igualitario, por partes iguales, con repercusión en los derechos paritarios de los asociados y en la forma de elección de la Junta… Para la fecha de 1.791 se dan 4 yeguas, 158 vacunos, 2.678 lanares, 220 cabras y 22 burros… Mª Dolores Pons de Pablo nos resume que el Concejo de Tella disponía de bienes de propios para hacer frente a los dispendios públicos, pues los demás recursos (arbitrios, impuestos, recargos) estaban considerados de carácter supletorio. Eran de propios el molino, el mesón, la taberna, el puente (con Santa Justa), truchas, ganado francés (de paso), hierbas de La Estiva y censos de Sessé y Moreno”.

Hoy en día, las gentes del lugar me confirman plenamente algunos hechos pero tienen una nebulosa sobre los que datan de mucho tiempo atrás. La realidad climatológica sigue imponiendo el traslado, a principios del invierno, de los rebaños a la tierra baja, pues la mayor parte de los pastos se encuadran en alturas comprendidas entre los 1.300 y los 1.500 m, y me hablan del paso por Arcusa, de Albalate de Cinca y de Los Monegros. En dirección contraria, llegan, para la temporada de verano, rebaños del sur, aunque no entienden muy bien cómo podía ser ésto si los del país eran tan abundantes; pero en una conversación ocasional, compruebo que acudían a la montaña de Tella, ovejas desde Campo, Foradada, Fonz y otros lugares. Pasaban por Tella, asimismo, no solo las reses de bovino de Francia sino de otros lugares próximos. En conclusión, Tella (y los núcleos inmediatos como Rebilla, Lamiana y Arinzué) fue históricamente tierra de partida, de llegada y de paso de rebaños.

Viniendo ya al campo de la toponimia, Tella es un nombre ibérico, de una regularidad y, por ello, claridad absoluta. Presenta un cierto paralelismo con Tena, ya que en ambos casos el elemento inicial de la composición es ata o ate, puerta o paso. Un fenómeno fonético, bien conocido y frecuente, como es la aféresis de la vocal inicial silábica, nos conduce a (a)te. El segundo elemento, no menos frecuente, es ele, rebaño, ganado. El enlace o sutura se produce con elipsis al final del primer término con encuentro de vocales iguales: (a)t(e)ele > tele. Por último, el artículo determinado a, siempre al final de la composición, cuyo género y número viene impuesto por el contexto, en el caso presente, “los”. El segundo enlace se efectúa asimismo con elipsis al final del primer término: tel(e)a; la palatalización de /l/ nos llevará a Tella. El significado, muy claro, “el paso de los rebaños” o, si se quiere, “el paso del ganado”. Y, evidentemente, nada que ver con las soluciones múltiples pero siempre disparatadas (basadas en la mera semejanza o apariencia), tales como “teja”, “tilo”, “arroyo”, “las piedras”, etc.


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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