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Sin (214)

Altoaragonesa

En recuerdo de mi madre, viuda ya en 1.939.

Caminamos “al canto el Zinqueta”, como diría Lucía Dueso, hasta que un cartel a la izquierda nos indica la dirección de Sin y Serbeto; bajamos un poquito, cruzamos el río y emprendemos una fuerte ascensión hasta Sin, a 1.218 m de altitud. En tiempos pasados, con Serbeto y Señés, formó La Comuna, y hoy está integrado en el largo y artificioso municipio de Tella-Sin, que arranca al norte en Punta Suelza (2.971 m), baja hasta el Zinqueta estrechándose, partiéndose casi en Las Viñas, y se alarga después por el Zinca y el desfiladero de Las Devotas. Es un pueblo hermoso, perfectamente expuesto al Sur, limpio, con sabor pirenaico, bonita iglesia con torre rematada en pirámide. Al 1 de enero de 2.005 contaba con 50 habitantes. Interesa para mi trabajo poner de relieve que, cerca de la localidad, un poco hacia poniente, aparece el inmenso Caxigar de Sin. En una visita que efectué al lugar en 1.999, un anciano me hablaba con entusiasmo de la recogida de bellotas en otros tiempos: mujeres y hombres, adultos, niños y ancianos, con caballerías, espuertas, sacos y cestas, cogían del monte y trasportaban al pueblo ingentes cantidades de ellas para alimento del ganado, fase previa a la suelta de los animales que se alimentaban buen tiempo de las restantes. “Entonces, concluía, las bellotas eran cosa importante, pero ahora ¡nada!.

Al norte de Campo, culminando un cerro que desde la villa presenta una bonita forma cónica, el redescubierto por mí Castel de Sin. Aparece citado en un documento del año 958, en el que se fijan los límites de influencia de la iglesia de San Esteban de Lllert, si bien el escriba, como es habitual, ignora la forma tradicional y actual, Sin, para utilizar la de castel de Exiu. Toda la cara meridional y occidental estuvo en tiempos pasados poblada de carrascas y quejigos, pues quedan bastantes ejemplares, si bien desaparecieron en buena parte con la creación de estrechos bancales para uso agrícola.

Dice el Diccionario de la lengua española (¡qué horrible suena eso de la lengua española, aunque lo digan el Rey y la Academia!) que la bellota es el “fruto de la encina, del roble y de otros árboles del mismo género. Es un aquenio muy voluminoso, ovalado, algo puntiagudo, de dos o más centímetros de largo, y se compone de una cáscara medianamente dura, de color castaño claro, dentro de la cual está la única semilla, desprovista de albumen y con sus cotiledones carnosos y muy ricos en fécula. Se emplea como alimento del ganado de cerda”. Definición incompleta, al menos en dos aspectos. El primero: deberían citarse expresamente especies tan importantes y comunes – además de la encina y el roble – como el melojo (Quercus toaza), el quejigo común (Quercus lusitanica), el alcornoque (Quercus suber), la carrasca (Quercus bellota), la coscoja (Quercus coccifera), y el mesto (Quercus cerris). El segundo: es una simplificación inadmisible que conducirá al error a la inmensa mayoría de los urbanitas decir que se emplea como alimento del ganado de cerda pues, además, las consumen con voracidad y aprovechamiento las ovejas (pueden llegar a morir de un hartazgo), las cabras, las vacas con sus novillos y terneras, mulos y asnos, caballos y yeguas. La gran utilidad de la bellota como alimento del ganado en general ha hecho que, hasta prácticamente la actualidad, se recogieran enormes cantidades de ellas en el monte, se transportaran a silos y depósitos y se suministran durante mucho tiempo como un buen pienso para el ganado; además, tras esa labor de recolección (o sin ella, en muchos casos), los rebaños las consumían en el monte, ya guiados por pastores, ya sueltos y en total libertad. He dicho “prácticamente la actualidad” porque yo mismo he ayudado en esa labor durante mi infancia, y la recogida aún hoy no está olvidada ni, mucho menos, el pastoreo.

Pero la bellota tiene una larga historia en la Península y su interés sobrepasa lo anterior. El grecorromano Estrabón, en su Geografía, libro III, 3, 7, “Los montañeses del Norte”, nos relata lo siguiente: “Los montañeses, durante dos tercios del año, se alimentan de bellotas de encina, dejándolas secar, triturándolas y luego moliéndolas y fabricando con ellas un pan que se conserva un tiempo. Conocen también la cerveza. El vino lo beben en raras ocasiones, pero el que tienen lo consumen pronto en festines, con los parientes…”. Por su parte, Plinio el Viejo, Historia Natural, 16, 15, lo corrobora: “Es cosa cierta que aún hoy en día la bellota constituye una riqueza para muchos pueblos hasta en tiempos de paz. Habiendo escasez de cereales, se secan las bellotas, se las monda y se amasa la harina en forma de pan. Actualmente, incluso en las Hispanias, la bellota figura entre los postres. Tostada entre cenizas es más dulce”. Hoy mismo, no es raro encontrar entre agricultores y pastores gentes que te explican como la bellota de encina, más oscura y alargada, es más fina y de mejor sabor que la de quejigo, y que asada (hay que darle previamente un pequeño corte longitudinal para evitar que estalle) en las brasas es agradable, tanto que “a yo me saben muy buenas”.

Ante tanta utilidad y tradición, resulta obligado que la bellota, y con ella las encinas, carrascas y quejigos, aparezcan repetidamente en Toponimia describiendo lugares, pueblos, montes y ríos de la vieja Iberia o Ispania. Pero, amén de ello, me interesa resaltar especialmente aquí las citas en documentos epigráficos de nuestra cultura más ancestral, en boca de nuestros antepasados, con data o fecha anterior en varios siglos a la llegada de los invasores romanos y, en este momento, el llamado plomo de Vall d´Uxó. Como todos los textos que se inician con la lectura IUNSTIR, resultado de la aglutinación de i(re) unz(i) tir(a), “a ti el vaso de nuestras súplicas”, el plomo contiene una serie de demandas hechas a La Madre, materiales unas, espirituales otras, y junto a las peticiones, las más cálidas expresiones de amor filial, reverencial. Lo de “las damas oferentes” de nuestra ciencia es otra tontería más entre el millón de las que se han dicho y se siguen predicando. Los iberos, además, eran monoteístas (adiós a Neitín, Endovelico y demás inventos), creían en la inmortalidad del alma y vivían con la esperanza de que La Madre, en el juicio que se desarrollaba ante “la puerta del paso estrecho y dificultoso”, acogiera su alma en el “refugio de paz y bienestar para siempre”. Para alcanzar la vida eterna debían vivir con arreglo al código moral que La Madre había impreso en sus conciencias, pero dejándoles libres de cumplirlo o no, de modo que la libertad no es un derecho de la persona sino una seña de identidad en el proyecto del ser humano dibujado por La Madre. El amor a La Madre es inmenso, el ibero es profundamente religioso, y el mayor panegírico que se puede hacer de un difunto es el de la estela de Benassal: “El que estuvo siempre lleno de mucho fervor”. Y este amor filial, este fervor, se manifiesta en los honores, en el acercamiento a La Madre con una delicadeza y belleza insuperables:

“Quiero del bosque de la colina las yemas de árbol más tiernas,

quiero intentar coger las bellotas de las ramas,

el muérdago que, en exceso, mata en ocasiones,

y el agua que se filtra en la caverna”.

De estos hermosos párrafos del plomo de Vall d´Uxó, el que hace referencia a las bellotas tiene esta lectura: gei edi(n) zi ad(a) ense(ia). La forma ibérica que corresponde al concepto “bellota” es zi, cuya fricativa interdental sorda pasa a fricativa apicoalveolar sorda una vez más, y por ello, si. Una breve observación: la forma enseia, con significado de “intentar, probar, ensayar” es el verdadero étimo del castellano “ensayar”, y no la burda invención –otra vez – de nuestra Academia, que parece apuntarse a la halterofilia, haciéndola derivar de “ensayo” y ésta del latín exagium, peso.

Fijado y explicado ya el primer elemento de la composición ibérica Sin, sólo nos queda añadir que estamos ante otra construcción con el verbo in, hacer, producir, criar, etc., también hacerse, criarse, formarse, etc. Recordemos lo que decíamos bien recientemente (nº 112) a propósito de Binéfar (Abinéfar): abi-in > ab(i)in, como neite-in > neit(e)in. Por tanto, zi-in > z(i)in y Sin, tras el enlace con elipsis al final del primer término por encuentro de vocales iguales. Sin significa “se crían bellotas”.

Mientras que mi sangre y cuerpo estén perdidos

y mi alma henchida de dolor e ira,

mi Dios no puede ser el de los obispos,

ni mi Justicia será la de estos jueces,

ni mi Gobierno el de estos políticos.


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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