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Ribagorza (95)

Altoaragonesa

No hace mucho tiempo que me lamentaba del triste sino de la tierra ribagorzana que, desde condado dependiente del de Tolosa, dentro del imperio carolingio, pasando por condado independiente e, incluso, reino brevísimo junto con Sobrarbe, había llegado a través de mil vicisitudes, generalmente muy tristes, a ser poco más que un sentimiento en el alma de unos cuantos ribagorzanos; me dolía la división (Huesca/Lérida, Aragón/Cataluña) no solo territorial sino también religiosa y judicial, con múltiples consecuencias prácticas; resultaba frustrante ver cómo subcomarcas enteras (La Litera Alta) y múltiples municipios parecían olvidar su antiquísima raigambre ribagorzana para inscribirse en otra áreas próximas (La Litera, Somontano de Barbastro, Cinca Medio); y, sobre todo, asistir a la desertización, al abandono de pueblos, a la pérdida de las señas de identidad. Y ponía la esperanza en el anunciado proceso de comarcalización que le daría a Ribagorza, al menos, un cierto status unitario, jurídico y administrativo, punto de partida para una labor amorosa y firme de recuperación en todos los órdenes. La contemplación y valoración de lo ocurrido en los últimos años hace que busque refugio, desolado, en la Historia y la Toponimia…

Ribagorza es un topónimo de origen histórico, por una vez no descriptivo. A diferencia de lo que ocurre con otras comarcas, constituídas en torno a un hecho o situación geográfica (como la del Bajo Zinca), a unas determinadas condiciones ambientales de suelos, clima, paisaje, flora y fauna (como Los Monegros), reforzadas o no con hechos culturales trascendentes (como el dialecto fragatí en el Bajo Zinca), en Ribagorza no se da nada de ello: no se puede hablar de unidad geográfica cuando abarca la línea de las altas cumbres pirenaicas, por el N, y los llanos de la Litera Alta, de Estadilla, de Fonz, al S; ni de unidad o semejanza medioambiental desde los glaciares, ibones y montañas graníticas hasta las estepas monegrinas; ni de señas culturales homogéneas como la lengua, cuando se diversifica acusadamente entre, por ejemplo, el benasqués y el bajo ribagorzano de La Puebla de Castro en la cuenca del Ésera (sentido N-S), o entre éste último y el ribagorzano oriental de Areñ (sentido O-E). Las gentes y los territorios ribagorzanos se han aglutinado exclusivamente por factores históricos, y esta unión ha experimentado una larguísima serie de vicisitudes que, probablemente, no se haya cerrado para siempre. A este topónimo y, por ende, a su historia, ya nos referimos ampliamente en nuestra obra De Ribagorza a Tartesos, capítulo VII “Topónimos con R- inicial metatética”, páginas 143-151, de las que extractamos lo siguiente.

Obtenemos información, entre otras, de las siguientes obras: Historia del reino visigodo español y La vida en España en tiempos de los godos de D. José Orlandis Rovira; Gran Historia Universal, vol. XI, de García de Cortázar y Valdeón Baruque; De los bárbaros al Renacimiento, de Balard, Genet y Rouche; Anales del Imperio Carolingio, de Del Hoyo y Gazapo; Histoire Géneral de Languedoz, de Cl. Devic y J. Vaisete, repetidamente citado por Serrano y Sanz en sus Noticias y documentos de Ribagorza.

A principios del siglo III de nuestra era, un pueblo bárbaro, los godos, habitaba en las orillas del mar Báltico, sur de la península Escandinava, gran parte de la de Jutlandia, las islas (Seeland, Laaland…) entre ésta y las costas continentales y un amplio territorio en la Germania oriental. Sus vecinos eran los burgundios, vándalos y otras tribus o clanes menores. Ya en el siglo II, estos pueblos y otros como los lombardos, alamanes y francos, habían iniciado su marcha hacia el sur.

Bien conocida es la invasión de los francos y alamanes en el año 254, que recorren la Galia e Hispania en son de saqueo y destrucción. Por las mismas fechas, los godos alcanzan el Bajo Danubio e invaden masivamente las provincias balcánicas. Roma, bajo el emperador Aureliano, derrota a los godos pero abandona la Dacia (Rumanía) poco antes de la muerte del emperador en el año 275; visigodos y ostrogodos siguen ocupando la llanura rumana y rusa próxima al mar Negro. Son pueblos dedicados a la agricultura sedentaria, a la caza y a la guerra, con tradición monárquica, si bien las decisiones importantes las toma la asamblea de guerreros; a partir del 312 se convierten al arrianismo que, poco después, en el 325 (Concilio de Nicea) es declarado herejía. Han estado en contacto en las estepas rusas con otros pueblos bárbaros, como los alanos, convirtiéndose en consumados jinetes, y esta condición, que acabará con la preponderancia de la infantería, será fundamental para su futuro inmediato, porque, a partir del siglo IV, el papel del pueblo godo pasa a ser protagonista. Los hunos, procedentes del Asia central, cruzan el Dole en el 375, y tras derrotar a los godos, siembran el terror por toda Europa. Los visigodos se refugian en territorio del Imperio en calidad de auxiliares del ejército romano, pero el acuerdo es efímero porque en el año 378, en la batalla de Adrianópolis, la caballería goda aplasta al ejército romano atacándolo por los flancos. El emperador Teodosio firma un pacto con los jefes visigodos, tras haberles autorizado en el 382 a establecerse en Meria y Panonia como federados, y logra dirigirlos hacia Occidente. Los visigodos vagan por el Imperio buscando una tierra en que asentarse: su rey Alarico les lleva a saquear Iliria y, más tarde, a Italia. Finalmente, conquista y saquea Roma en el 410.Tras la muerte de Alarico, acceden al fin a dirigirse al sudeste de la Galia, firmando un tratado o foedus que es el origen del primer reino bárbaro dentro del Imperio: uno o dos tercios de los grandes latifundios creados por los grandes propietarios romanos, así como los esclavos, colonos y ganados, pasaban a manos de los visigodos, que mantenían además su organización y costumbres, a cambio de defender con su ejército a Roma del ataque constante de otros pueblos bárbaros. En esta condición de aliados de Roma se asentaron en Septimania (así llamada porque había sido defendida por la legión Séptima), en la costa mediterránea, para acabar ocupando todo el sudoeste de la Galia hasta el Loira, más tarde la Narbonense y, finalmente, la Provenza. La Septimania se llamará, en adelante e indistintamente, Gotia o Septimania. Ya en el 411, Ataulfo había pasado a Hispania y establecido su corte en Barcelona, y cuando los funcionarios imperiales encargan a los visigodos que hagan retroceder a los suevos que querían apoderarse de toda la Península Ibérica, tras haberles empujado hacia el NO, se quedan con el dominio de España, sin otra resistencia que la de los nunca sometidos vascos, las posesiones bizantinas de la costa mediterránea y la rebeldía de la Bética, mayormente católica y enfrentada al arrianismo visigótico. Sin embargo, no todo es infidelidad visigótica, porque cuando los hunos irrumpen con violencia inusitada en la Galia y siembran el terror, el general romano Aecio consigue la ayuda de los visigodos que son quienes, en realidad, vencen a Atila en la batalla de Los Campos Cataláunicos, cerca de Troyes (año 451).

Al norte de la Galia visigótica se habían establecido otros dos pueblos: los burgundios (Borgoña) y los francos. Estos últimos, tras el reinado de Clodoveo, luchan contra los romanos, llegan hasta el Loira y, en el año 507, destrozan a los visigodos en la batalla de Vouillé donde muere el rey Alarico; se apoderan de Gascuña y gran parte de Aquitania, pero no llegan al Mediterráneo porque el rey Teodorico, suegro de Alarico, bloquea a los francos y recupera para los visigodos la Gotia o Septimania (Bajo Languedoc) y la Provenza. El reino visigodo, reducido a su mínima expresión al N de los Pirineos, se expande y consolida al S, hasta la batalla de Guadalete del 711. La situación cambia rápidamente. En el 714 toma el poder de los francos el mayordomo Carlos Martel que derrota a los árabes en Poitiers, “martillea” las autonomías provinciales y recupera la Provenza que pierden los godos. Su sucesor, Pipino el Breve, conquista la Septimania o Gotia y después la

Aquitania, últimos vestigios del reino visigodo (752-59). En conclusión, entre los principios del siglo V, con la presencia de Ataulfo, en Iberia y mediados del siglo VIII, los territorios comprendidos en la comarca que estudiamos empezaron a ser conocidos con el nombre de Ribagorza, nombre que llega a la documentación escrita en el año 819, cuando el acta de la consagración de la catedral de Urgell afirma: “Tradimus etiam ipsas ecclesias vel parrochias episcopales pago Ribacurcensis…”.

El topónimo Ribagorza ofrece una serie de variantes, amén de errores, que podemos sistematizar del modo siguiente:

1. Formas con oclusiva bilabial sonora tras la sílaba inicial Ri-

1.1. Formas con Riba- más gutural sonora: Ribagortia.

1.2. Formas con Riba- más gutural sorda: Ribak-

1.2.1.: Formas con Ribak- más mantenimiento de o: Ribakortia.

1.2.2.: Formas con Ribak- más cerramiento de o: Ribakurtia.

2. Formas con oclusiva labial sorda tras la sílaba inicial Ri-

2.1. Formas con Ripa- más gutural sonora: Ripag-

2.1.1. Formas con Ripag- más mantenimiento de o: Ripagortia

2.1.2. Formas con Ripag- más cerramiento de o: Ripagurtia.

2.2. Formas con Ripa- más gutural sorda: Ripak-

2.1.1: Formas con Ripak- más mantenimiento de o: Ripakortia

2.1.2. Formas con Ripak- más cerramiento de o: Ripakurtia.

En todos los casos, la terminación –tia puede mantenerse o pasar por –zia, -za o –ça.

Estamos ante un topónimo, otro más, con /R/ inicial metatética. Deshecha la metátesis, el elemento inicial resulta ser barri, nuevo o nueva. No hay dificultad alguna por la presencia en el segundo término (Gortia, Gorzia, Gorza, Gorça) de una /r/ que no está incluída en Gotia, pues se trata de una manifestación del fenómeno de repercusión interior de la /R/ inicial. En conclusión, Ribagorza, que procede de barri-Gotia, significa “la nueva Gotia”.


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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