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Malaía (Pico Aneto) (102)

Altoaragonesa

Resulta un tanto frustrante que uno de los topónimos más conocidos de todo el Pirenneo, y aún de España, sea enteramente falso, no por una alteración formal, ya leve (Santa Liestra respecto de Santalestra) ya grave (Camporrells en relación a Caboregs), sino por una implantación completa del todo artificiosa, relativamente reciente y bien conocida, fruto de la improvisación y de la ignorancia de unas pocas personas, que contaron de inmediato con una legión de imitadores. Por lamentable que resulte la situación para la Toponimia, mucho me temo que es enteramente irreversible: este pico, con sus 3.404 m, es el más alto de la cordillera y uno de los más elevados de la Península (tras Mulhacén y Veleta); es una presa relativamente fácil para los montañeros expertos e incluso para los simples aficionados hasta el punto que se ha dado una masificación indeseable; cuenta, entre los glaciares más meridionales de Europa, con el más extenso, y sus grietas y morrenas son proverbiales; algunos puntos, como el Puente de Mahoma o el Paso del Caballo, alcanzaron pronto una gran celebridad; en torno al Aneto y la Maladeta se ha fraguado una tradición montañera, con su cortejo de aventuras, sacrificios y relatos literarios, que desde los inicios del siglo XIX ha tenido insignes protagonistas, mayoritariamente franceses; tanto en su cara norte (refugio de La Rencllusa) como por el sur (Ballibierna y barraca de Coronas) ofrece cómodas “carreteras” de aproximación hasta más arriba de los 2.000 m (2.145 y 2.019 respectivamente. A causa de todo ello (y mucho más), el nombre propio Aneto ha adquirido una difusión, notoriedad y arraigo tales que, relegando a un segundo plano al pueblo que lo lleva con toda propiedad, resultaría inútil cualquier intento de reimplantar el verdadero nombre; pero, con toda seguridad, habrá personas deseosas de conocer la verdad, y a ellas me dirijo.

Una primera explicación a la implantación de “Aneto” para designar al pico (adelanto que es más falsa que el alma de Judas) tiene aires de leyenda y es recogida por algunos autores, como por ejemplo Santiago Broto Aparicio en su obra El Valle de Benasque, págs. 180-81, que dice así: “El pico de Aneto tiene una gran fama literaria y su propio nombre ha sido motivo de larga polémica. La más remota tradición suponía que este monte era la residencia de un dios, cuyo nombre sirvió para designarla; se cree que para los iberos el Sol era el dios Neto y según esto los que residían en el valle llamarían al pico La Neto – igual que La Maladeta, La Forcanada y otras – quedando luego transformado el nombre en Aneto. El francés Reboul, en su libro publicado en 1.817 (Nivellement des principaux sommets de la chaine des Pyrenées) cita a la cima oriental de la Maladeta denominada Néthou, del nombre de la localidad española cercana por el SE. De ahí han repetido el nombre sus paisanos en mapas y libros. Figuras y frases fueron sembrando de denominaciones románticas la ruta de ascensión hasta el pinto más alto: El “puente de Mahoma” y el Paso del Caballo son las más significativas”. Adelantábamos la falsedad de esta explicación: en efecto, los iberos tenían una religión monoteísta, con una Diosa única, La Madre (Ama), símbolo de la creación y de la fertilidad, omnipresente, que lo tiene todo y a la que acuden constantemente en demanda, que imprime en el alma humana un maravilloso código moral, que castiga las infracciones, en vida, con remordimientos interiores y, tras la muerte, con un juicio (“paso estrecho y dificultoso”) que, si se logra salvar, conduce al “refugio de paz y bienestar” (bake on tei) junto a La Madre y para siempre. Al lado de Ella no caben dioses mayores ni menores, aunque la imaginación, el miedo y la superstición del ser humano alumbraran creencias en espíritus y fuerzas, benignos o malignos. Pero, ¿acaso los cristianos no contamos con ángeles y demonios, santos y santas, milagros y profecías?. Olvidémonos del dios del Sol llamado Neto, de su residencia La Neto y busquemos por otro lado el origen del topónimo.

En una línea similar a la de Reboul, Platón de Tchihatcheff y Albert de Franqueville, ex-oficial del ejército ruso el primero, y conde francés el segundo. “El 20 de julio de 1842…enrolaron a diversos paisanos de Benasque, Luz y Luchon – Jean Sors (Argarot), Pierre Sanio, Bernard Arrazau (Ursule) y Pierre Redonnet (Nate). Tras un periplo de tres días que les llevó desde La Renclusa hasta el ibón de Cregüeña, Ballibierna y el collado de Coronas, se encaramaron a una cima aguda, descarnada, libre de nieve por completo. Pero antes tendrían que vencer un severo obstáculo al que Franqueville obsequió con descripción y nombre: Una arista extremadamente aguda; a la derecha se abría bajo nuestros pies un abismo, en cuyo fondo aparecía el glaciar de Coronas y las aguas negruzcas de un lago; a la izquierda, a menor profundidad, la parte oriental del glaciar del Aneto, con una gran pendiente. La arista estaba formada por bloques de granito, rotos por las heladas y afilados por los rayos, muy peligrosos a causa de su poca estabilidad. Este Puente de Mahoma es la única vía. Cuatro jornadas más tarde, Tcuihatcheff y Laurent regresaban a la cumbre por los ventisqueros del Aneto. Se enfrentaron con el otro obstáculo natural: Franqueamos un buen número de grietas, a tramos los crampones eran inútiles por hundirnos en la nieve. Sólo tuvimos que saltar una grieta abierta, ancha y mala. Aparecía el terrible glaciar en la literatura,,,” (Fernando Biarge, Grandes picos del Pirineo Central, Ediciones del Mallo, Zaragoza 2.005). El ruso y el francés habían partido, para esta primera conquista, -según escribe algún otro autor – de un campamento cercano al pueblo de Aneto y utilizaron este nombre para designar a la cima. De ser éste el origen del topónimo, la falta de rigor resulta evidente e inaceptable.

El autor de Los Grandes Picos del Pirineo Central tiene una explicación para el origen del topónimo que nos parece mucho más coherente y verosímil: “El topónimo actual puede proceder de un error en el mapa de Le Blottière en 1.730, quien emplazó en sus faldas el pueblo de Netou, a partir del cual, ya en 1.817, Reboul crearía el término “pic de Nethou”. Aunque Lucas Mallada protestó, en el lado norte (Francia) se aferraron a ella. En 1.905, Le Bondidier negaba la existencia de la denominación “Aneto”, amparándose en que los pastores de Ballibierna nunca lo llamaban así, sino simplemente “La Punta”. Ninguna de las formas Aneto o Nethou ha constatado en textos antiguos”. ¿Quiere ello decir que un pico tan excepcional y visible permaneció innominado hasta la llegada de los pirineistas franceses?. Con toda seguridad, no.

Me llega una primera noticia a través de la obrita Guías de Huesca. Ribagorza, de la que son autores Ramón Lasaosa y Miguel Ortega, en cuya página 112, a propósito del pueblo de Aneto, se lee: “Último pueblo altoaragonés antes de llegar al Valle de Arán, dio nombre al pico Aneto, antes de la Malahía, el más alto del Pirineo…”. Mayor extensión y detalle en la repetida obra de Fernando Biarge: “A finales del siglo XVIII, quienes lo distinguían por Septentrión lo llamaron “Aguja de Hielo” y “Malhitta” , mientras que desde su vertiente oriental lo designaron como “Malahitta”. …Por acompañar una cita, Raymond d´Espouy recoge en 1.940, en un estudio sobre representación cartográfica de los llamados Montes Malditos, que Ramond, en 1827, habla de la superioridad que se atribuye, en altitud, a una cima al SE de la Maladeta, llamada Malhitte. Puede ser, sentencia. Pero las precisiones de Ramond pronto se olvidan y en los mapas predomina el conocido Néthou, termina d´Espouy”.

Estos son los mimbres, no muchos, ciertamente, ni uniformes. Pero serán suficientes para construir un cesto perfecto exprimiendo a fondo el conocimiento de la lengua ibérica. Empezaremos por fijar las tres variantes observadas de este topónimo en tinieblas: Malahía, Malahitte y Malhitte. Si pretendemos un estudio detenido, debemos dar entrada a una cuarta, Malahide, dado que la sílaba formada con la oclusiva dental, tanto sonora (d) como sorda (t), + e, es decir de o te, se representaban en ibérico con un mismo signo, han llegado hasta nuestros días con ambas formas (por ej., el sufijo de nominalización –de o –te), o bien ha prevalecido una de ellas (cualquiera) con olvido de la equivalente. Pues bien, en todas las variantes luce, como primer elemento de la composición, la voz mala, analizada en el número anterior de esta serie (Maladeta), en el nº 77 (Biñamala) y en Malabeína (Baliaride), “tierra y piedras arrastradas por un torrente” o “morrena”, voz que sirvió, asimismo, para designar al fenómeno causante de la morrena, esto es, al glaciar, Comprobado el origen ibérico de este primer elemento de la composición, y dado que no existe en ningún caso una composición mixta (elemento ibérico + elemento latino, ibérico + árabe, etc.), se sigue de ello, indefectiblemente, la naturaleza también ibérica del segundo. Para determinar cual sea éste y fijar definitivamente la forma originaria del topónimo, procederemos a “purificar” las cuatro formas antedichas de influjos o apósitos que la confusión u otras lenguas han introducido:

- en Malahía debemos prescindir de la h, letra inexistente en la lengua ibérica: Malaía.

- en Malahitte, además de la h, de la consonante doble tt y del evidente “afrancesamiento” de la terminación en e: Malaita o Malaida.

- en Malhitte, igual que en la anterior más la haplología Mal(a)ita: Malaita.

A partir de aquí caben dos posibilidades. Una: Que el primer elemento de la composición (mala) haya sufrido elipsis en la acomodación con el segundo; éste debería empezar por a, y podría ser aia, aita o aida. Dos: Que haya habido yuxtaposición necesaria; por tanto, el segundo elemento será ia, ita o ida. Pero ninguna de estas formas tiene un valor semántico que pueda convenir al concepto “glaciar” (aita=padre, ia=bonita, ida=helecho…). ¿Qué sucede aquí?. La solución es tan propia que infunde confianza: estamos ante la forma del agente de tercer grado del verbo iga(tu), en la que la g en posición intervocálica ha decaído una vez más: huarte/ugarte, ualde/ugalde, ua/uga, etc. Iga significa “gastar, desgastar, consumir, deteriorar”, en clara alusión al efecto de desgaste sobre el suelo del torrente de hielo que es el glaciar. En conclusión, Malahía significa “el glaciar que desgasta”


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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