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Maladeta (101)

Altoaragonesa

Vuelvo sobre el topónimo Maladeta que ya fue estudiado por mí en la obra De Ribagorza a Tartesos.Topónimos, toponimia y lengua iberovasca, dentro del capítulo V, “Topónimos con /m/ inicial protética-parte de raíz”. Aún cuando la interpretación no se verá modificada en ningún extremo, sí será conveniente aportar argumentos lingüísticos nuevos, esclarecedores de la voz mala, extraídos de otros topónimos vinculados, tales que Malabeína (Mallorca), Biñamala y Malaía, ambos en el Pirenneo aragonés.

El macizo de La Maladeta, “montaña deforme y monstruosa”, se yergue al sur de la cadena fronteriza (La Glera, Salvaguardia, Portillón, Picada…) totalmente en territorio aragonés, pese a que en ella culmina el sistema pirenaico. Entre el macizo y la cadena fronteriza se sitúa la depresión de un Ésera naciente y menguado, al que van a parar, en parte, los caudales del deshielo de la cara norte. El macizo forma un arco que se extiende de NO a SE en cuya quilla o espinazo veinte cumbres que oscilan entre los 3.118 m del pico Alba a los 3.404 del pico Aneto o Malaía. La escalada hacia La Maladeta (3.308 m) está descrita en El mapa Alpina, Maladeta-Aneto del modo siguiente: “Desde el refugio de La Renclusa (2.140 m): 5 horas. Subir al S por la pendiente herbosa y rellanos pedregosos hacia el Portillón inferior, elevándonos sobre el barrancal de La Maladeta, con más o menos trazas de sendero: 1 h. 15´. La ascensión continúa por la falda alta de la cresta de los Postillones, hasta alcanzar el Portillón superior: 2 h. 30´, Bajar al E por el sendero de la canal y el glaciar de Aneto; remontar al SW hacia el collado Maldito; sígase la base de las murallas morrénicas, neveros y gruesos detritos; glaciar de pendiente suave. A las 3 h. y 30´ y antes de llegar al collado Maldito, escalar a la derecha la diente rocosa por una pequeña chimenea que conduce a una brecha; se sigue al N por una arista caótica de llambrías y grandes bloques. Pico de La Maladeta, formado por un bloque terminado en punta”.

 Desde este pico, en dirección N-NE, desciende la cresta de los Postillones, con sus picos Superior e Inferior (2.908 y 2.815 m); en dirección NO, una inmensa crestería se alinea por el collado de Rimaya (3.232 m), pico de Rimaya (3.268), pico Cordier (3.263), pico Sayó (3.211) y pico Mir (3.184); desde aquí, ahora en dirección N, la punta Delmás (3.158) y el diente de La Maladeta (2.888 m). En el amplio espacio interior, con forma cuadrangular abierto hacia abajo, esto es, hacia el N, se aloja el gran glaciar de La Maladeta, de difícil insolación pero que, no obstante, se halla en franca regresión: un tercio, en la actualidad, de la extensión máxima alcanzada a finales de la Pequeña Edad de Hielo (1.820-1.830). “Su visible rimaya de fusión, el domo central, las grietas y su esbozo de lengua biselada son sus elementos más destacados” (F. Biarge, Grandes cimas del Pirineo Central, pag. 239). Interesa para nuestro trabajo, en el que el glaciar va a recibir el apelativo de “torrente de hielo”, determinar su velocidad de avance: según nos cuenta este último autor, con ocasión de la tragedia que supuso la desaparición del viejo guía Barrau al caer dentro de la Gran Rimaya cuando le falló un puente de nieve; los restos no fueron devueltos por los hielos hasta 1.931 y 1.934 (desde 1.824), lo que permitió fijar aquella velocidad en 14 metros anuales.

Las explicaciones dadas al topónimo Maladeta son, francamente, macarrónicas: que si deriva de Mala Eta, significando “La más alta”; que si de Maladette o “Maldita”, que si los “montes Malditos” por  negar  pastos a los pueblos circunvecinos. No falta la leyenda, que trascribimos de la obra de Santiago Broto Aparicio El valle de Benasque, pag. 165: “Dice que en otro tiempo, donde hoy vemos los hielos y los grandes bloques rocosos se extendían praderíos de ricos pastos en los que se alimentaban abundantes rebaños. Una tarde, un mendigo, sumamente fatigado y hambriento, pidió a los pastores cobijo por una noche. Fue rechazado con dureza y algunos de los pastores azuzaron los perros contra él. El mendigo, al alejarse, los maldijo, y quedaron petrificados son sus rebaños y sus perros. Al instante, la hierba de los prados cesó de crecer y se convirtió en hielo. Tal es – según Escudier – la legendaria versión, que por algunos ha sido aumentada o alterada. Otros añaden que el mendigo era Jesucristo… y que una pastora escapó del castigo por haberle hecho la limosna de una sonrisa y un trozo de pan, así como que en las vísperas de las cuatro fiestas solemnes del año se oyen terribles alaridos en esta montaña. Los primeros franceses que recogieron el relato, a principios del siglo XVIII, lo tomaron por una “agradable fábula”, pero no así los montañeses que creían firmemente en ello. Lo prueba la expedición que, en 1.725, partió de las orillas del Noguera Pallaresa, a tres jornadas del Maladeta, dirigida por el alcalde de Esterri, Francisco Saucí, para comprobarlo sobre el terreno”.

Viniendo ya al terreno científico, la determinación del valor de la voz ibérica mala, la fijación de su amplitud semántica y del uso habitual de la misma, resulta absolutamente fundamental. El Diccionario Retana de Autoridades del Euskera la define escuetamente como “tierra arrastrada por un torrente”, lo cual resulta insatisfactorio por la estrechez que supone, tanto respecto del agente (arroyo) como del objeto (tierra arrastrada). Empezaremos por éste último. En nuestra obra Baliaride. Toponimia, lengua y cultura ibérica en Les Illes, pág. 132, estudiábamos el topónimo Malabeína y decíamos: “ Partiendo de Sóller, el camí des Rost, por el costado izquierdo de la carretera a Deiá, llega a S´Heretat y a la capella de Castelló, muy cerca de la cual se encuentra la font de Malabeína. Es un terreno muy escabroso, con grandes pendientes y acumulaciones de piedras y arrastres de torrenteras. La composición ibérica (por consiguiente con b) es clarísima y no admite fantasías de “malos vecinazgos” ya de personas ya de terrenos. Sintácticamente, Malabeína se organiza como una oración copulativa en la que el sujeto es el pronombre relativo n, el que (es), con cópula elíptica, y el atributo, esta vez, un nombre, mala. Entre atributo y sujeto se intercala el adverbio modal bein, primeramente, antes que nada, que modifica al verbo copulativo elíptico “es”. Por consiguiente, mala-bein-na, con la consabida terminación –na del pronombre más el artículo determinado en posición final. Observemos que el grupo nn adopta aquí su resolución en n. Mala-bei(n)-na, “la que es antes que nada piedras y tierra arrastradas por un torrente”. En conclusión, los iberos aplicaban la voz mala no sólo a los arrastres de tierra, como dice el DRAE, sino también a los de piedras, como se comprueba en Malabeína.

Nuestros antepasados iberos no poseían un término específico, como el castellano “morrena”, para designar a los materiales arrastrados exclusivamente por un glaciar. Pero si por morrena entendemos la “acumulación de bloques de piedra, cantos, arenas y arcillas arrancados o desprendidos del cauce de la cuenca del glaciar, y que son transportados por el hielo y luego depositados caóticamente en su terminación”, la identidad semántica entre el ibérico mala y el castellano morrena es evidente. Los iberos conocieron perfectamente las enormes morrenas, alargadas, onduladas en ocasiones, al pie de los glaciares de La Maladeta, Biñamala, Malaía; pero también las vieron e identificaron en los cauces de los ríos de montaña y, muy posiblemente, adivinaron el origen glaciar de tantos y tantos valles fluviales. Nos queda un último paso: la identificación entre mala o morrena y la masa de agua en movimiento que las producía, en estado líquido en los torrentes y ríos y en estado sólido en los glaciares. Para darlo, contamos con la prueba irrefutable de los topónimos Biñamala y Malaía.

Cuando estudiábamos en el nº 77 de esta serie el topónimo Biñamala, en el que constatábamos la presencia de la voz ibérica mala que venimos analizando, veíamos que el valor de este término sobrepasaba con mucho a la designación de los materiales arrastrados o, si se quiere, a las morrenas. Ciertamente que este macizo se describe muy bien por el gran número de glaciares, y por consiguiente de morrenas, con que cuenta; pero tal descripción no habla del crecido número, ni de su extensión – que sin duda fue muy superior a la actual – ni de la ingente cantidad de materiales arrastrados. El primer elemento de la composición que antecede a mala hace referencia a una condición o cualidad intrínseca al concepto “glaciar”: su inmensa, increíble fuerza o potencia manifestada al arrancar y transportar enormes bloques pétreos, fuerza o potencia expresada por nuestros antepasados con la voz indar, modificada por los fenómenos fonéticos que quedaron explicados. En idéntico sentido, como veremos, el topónimo Malaía o Pico Aneto. En conclusión, mala vale tanto para designar a los arrastres (morrena) como al glaciar que los arranca y deposita.

Completemos el análisis de Maladeta. El segundo elemento de la composición es el adjetivo dets o el sustantivo deta o deto, que valen tanto obstinado o empeñado, que encierran la idea de continuidad o constancia. La acomodación se produce por yuxtaposición necesaria. El significado de Maladeta, en consecuencia, es “la tierra y piedras arrastradas por un torrente obstinado o constante” en traducción literal; más propiamente, “el arranque permanente de tierra y piedras”.

Observemos, para terminar, que en mala hay, como siempre, m- protética según la teoría expuesta, ya que un (m)ala, con valor de tierra, no es sino el resultado de aplicar la constante alternancia r/l a ara, tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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