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Iscles – 375 (c)

Altoaragonesa

 Aldea ya abandonada de Cornudella de Baliera, perteneciente al municipio de Arén, a 1.107 m de altitud. Se sitúa en la falda sudoriental de la sierra de Sis. No tiene acceso por carretera cuya terminal más próxima está en Cajigar, a una hora de andar por sendas de caballerías. Sus edificios, de carácter agropecuario, están en avanzada descomposición, y su iglesia es obra del siglo XVIII (Geografía de Aragón, III, pág. 179, Guara Editorial). Según Ubieto Arteta, la primera mención corresponde a enero del 967, en un documento del Cartulario de Alaón en el que se cita “el castro Aiscle”. En 1381 era del Condado de Ribagorza, como “Honor de Iscles”.

La interpretación de este topónimo ibérico no ofrece excesiva dificultad si partimos de la forma originaria, que no es la actual de Iscles sino la documentada en el 967. Se trata de una composición de las menos complejas, de nombre y adjetivo. El primero es aize, viento; el adjetivo es kere, quejumbroso, plañidero, lamentoso. Esta forma kere aparece recogida en kerementa, plañido, lamento molesto, quejumbroso; y también en keremende, congoja, tribulación. El enlace aize + kere se resuelve con elipsis al final del primer término, aiz(e)kere. Entra en juego, a continuación, la alternancia r/l que nos lleva a aizkele. Último paso: la síncopa de vocal /e/ tras oclusiva /k/, seguida aquélla de consonante lateral /l/ y de igual, esto es, aizk(e)le, forma documentada. La traducción de Aiscle es muy clara: “el viento quejumbroso”.

¿Será propio de Iscles este fenómeno o, al menos, se dará en grado relevante?. Habrá que localizar a alguien que, habiendo vivido en el lugar, guarde recuerdo de ello. Pregunto en Cajigar, a donde se trasladaron los últimos habitantes de Iscles. Próximo a la hermosa y extraña parroquia románica de este pueblo, un hombre trabaja con su tractor: sí, es cierto, hay bastantes personas en Cajigar que vinieron de Iscles; por ejemplo, puedo preguntar en casa Sastre. En ésta me atiende Mª Luisa, una señora de edad madura, que me cuenta el abandono del pueblo, las ruinas, el mal camino… Y cuando le pregunto si el viento, cuando sopla fuerte, parece emitir un grito, gemido o aullido lastimero o quejumbroso, me contesta extrañada: “Sí, pero ¿cómo lo sabe Vd?. Sí, sí, decían que era el bochorno…”.

 


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