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Chistau (74)

Altoaragonesa

El topónimo Chistau tiene una muy acusada personalidad que se manifiesta, no solo en su sonoridad y grafía, sino, sobre todo, por presentar al estudioso, ya en los primeros encuentros, una serie de desafíos, de cuestiones a dilucidar en campos distintos, que bien pudieran concluir con el descalabro y descabalgamiento del atrevido jinete que osa afrontarlos. Veámoslos en una rápida enunciación:

1.- Chistau, Gistaín, Chistén, tres nombres para un mismo lugar. Suele liquidarse la cuestión con un reparto un tanto salomónico y bastante simple: Chistau hace referencia al valle, Gistaín es el nombre castellano y Chistén es la forma autóctona. Tal distribución merece respuestas que van desde el “no” rotundo al “sí” categórico, pasando por el “sí, pero…” o el “no, aunque…”. En cualquier caso, habrá que contestar a una serie de preguntas ineludibles: ¿son topónimos ibéricos?, ¿son formas simples o complejas?, si complejas ¿qué elementos comunes y particulares concurren en cada una de ellas?, ¿estamos ante simple alteraciones fonéticas?, ¿tienen el mismo significado?.

2.- Se ha convertido en afirmación indubitada que, en Chistau y en tiempos del rey visigodo Recaredo (586-601), existía una ceca que acuñaba monedas de plata. Resulta un tanto sorprendente tal actividad en tan apartado lugar, si bien hay que reconocer de inmediato la presencia de minas de plata en las cercanías, como atestigua Madoz cuando nos cuenta que “en el siglo pasado fueron explotadas varias minas del término por una compañía de alemanes, habiendo establecido su correspondiente fábrica de fundición, pero en virtud de haber faltado a una condición cual era la de enseñar a fundir a varios jóvenes del país, fueron expulsados por orden del Gobierno; se conservan en varias casas del pueblo algunas alhajas de plata construídas en la mencionada fábrica con un mineral extraído de aquellos pozos. En la actualidad (1.845) existen diferentes minas de plomo argentífero…” De las noticias sobre la ceca nos ha quedado el topónimo Gestavi (Cestavi para algún autor) y, posteriormente, el pagus gestaviense.

3.- Aún hay más. Un documento del año 1.145, mencionado por Ubieto Arteta, Los pueblos y los despoblados, cita a un tal Bonet de Iestab. Parece que estamos ante otra variante a interpretar, ante otro desafío al estudioso (el quinto ya). Pues bien, todo lo contrario. Iestab será para nosotros el hilo conductor que nos permitirá acceder, una a una, a todas las soluciones. Le invito, lector amigo, a que me acompañe en este caminar que ha de resultar grato y bonancible, ya que, por esta vez, ni los ingeniosos o chistosos, ni los doctos romanistas, ni los pseudo-arabistas, ni los científicos de carril han encontrado la ocasión de utilizar su método comparativo ni, en consecuencia, de insultarnos con uno de sus acostumbrados bodrios. El único intento explicativo que conozco (ver Bachimala, de Editorial Alpina, pag. 11) según el cual procede del euskera aiger, tierra de inclinación, más el sufijo ve, encima de, es tan disparatado que no merece ningún comentario.

El pueblo de Chistau es, sin duda, uno de los más típicos del Altoaragón, condición que resulta de estos dos factores principales: el emplazamiento, primero, y las construcciones, después. Al poco de pasar por S. Juan de Plan, la carretera que lleva una decidida dirección N y que se mantiene sobre el cauce del Zinqueta al lado derecho, gira bruscamente a la izquierda e inicia la ascensión hacia Chistau, emplazado a 1.422 metros de altitud. Abajo, en el cambio de sentido, hemos dejado a la derecha el Puén Pecadó sobre el Zinqueta y hacia el N el arranque de la pista de Biadós. A la entrada de Chistau, la fuente, un pequeño aparcamiento y un mercadillo. Magníficas vistas sobre el valle y la certeza de que la ascensión no ha terminado. En efecto, el lugar está a media altura de un pronunciado promontorio que coronará, en primer lugar, en los Tozals de Igüerra (1.925 y 1.956 m.) que se sitúan por debajo del collado de La Cruz de Guardia (2.113), en dirección a Punta Suelza (2.971 m.); en particular, una pista parte de Chistau hacia el Norte (también hay camino hacia Plan, al S y hacia Sin y Serbeto, al O) que llega a La Cruz de Puyadase, pasa por las partidas de La Poma y Las Fuens y alcanza la antes mencionada Piedra Blanca para entrar a continuación en el término de Tella-Sin. Son terrenos de prados, arbolado, bordas y naves ganaderas en las proximidades del barranco de La Poma, con extensas áreas de un sotobosque cubierto de helechos. Las construcciones del lugar (180 habitantes al 1 de enero de 2.005), sumamente típicas, conforman la negación más acabada de cualquier planeamiento u ordenación; bien al contrario, parece que cada vecino construyó donde quiso (mejor, donde pudo) y después se intento una mínima comunicación en forma de callejuelas cortas y quebradas, subidas y bajadas a menudo con peldaños, estrecheces y rincones entre casas. Al pie de la torre de Tardán, un vecino me relata la historia de la malquerencia de éste para con el dueño de Rins, la amenaza de “plantar un árbol muy grande que le privaría de ver la salida del sol para siempre”, la erección de la formidable torre y el cumplimiento de la amenaza. Pero Rins es un topónimo, estudiado por mí en la obra De Ribagorza a Tartesos, pags. 133 y 134, y que significa “el fulgor en la cima”, aludiendo al reflejo del sol matutino sobre una superficie adecuada; en el caso de Chistau, el tejado o la fachada de casa Rins, por lo que el cacique Tardán lo que realmente hizo con el cacique Rins fue apagarle su brillo o esplendor para siempre

El Ayuntamiento está cerrado y habré de buscar información, una vez más, “al asalto”. Debo decir, de inmediato, que la gente resulta ser abierta, agradable y comunicativa en grado hasta sorprendente. En primer lugar, un hombre está junto a la puerta de su casa “sacando punta” con un hacha de mano pequeña (estraleta) a unos palos (tochos) destinados a las eras de judías, tomates o pimientos de su huerto; por la longitud, en torno a un metro, pienso que son para los tomates, lo que es un buen inicio de conversación. Llegamos a los extremos que me interesan : “Aquí les llamamos (a los helechos) falgueras. Hay muchos, muchísimos, pero más arriba del pueblo ¿eh?. Sí, yo he subido muchas veces a recoger una carga, con el burro y la “segadera”. Los empleábamos para la “cama” de los cerdos. No, no me acuerdo que sirvieran para nada más…”. La llegada del cartero interrumpe la conversación, que reinició al pie de la torre de Tardán. Allí otro vecino aparece cada pocos segundos por la puerta de la cuadra con una “forquilla” u horca de hierro cargada de fiemo que deposita en una carretilla. Es un buen conversador y hablamos de Biadós, sus bordas y ganados, la cima y los lagos, las surgencias de aguas y los pastos en los humedales… Le interesan en especial las hierbas medicinales pero, al fin, llegamos a mi destino: ¿Falgueras?. Sí, muchas, en algunos puntos están así (mientras junta los cinco dedos de su mano hacia arriba, formando “la cabañeta”); a veces son tal altos y espesos que no se puede pasar. Pero más arriba del pueblo, aquí no, arriba en la montaña. El ganado ni se las mira, por mucha hambre que tenga. Sí, antes sí, se replegaban para la cama de los tocinos, pero ahora, nada; ya hace muchos años que nada…”. Más tarde, en un bar, el dueño, con tierras y tractor, manifiesta su nostalgia por las antiguas labores, que quiere reeditar, aunque sólo sea una vez, y no por dinero, “porque quiero sembrar, segar, trillar, como antes, como siempre, aunque sea la última vez…?. También hablamos de las falgueras y la coincidencia es total.

Vayamos sin más dilación al análisis morfológico, partiendo, como anunciábamos de la forma histórica Iestab. Sorprende la terminación en –b; pero debemos recordar aquí cuanto decíamos a propósito de Torreziutat, con una forma documentada Zibtate, en la que la b, “fuera de sus casillas”, ha invadido el campo, no ya de la v, sino también de la u. Es procedente, por tanto, una pronunciación Iestau, como se demostrará al identificar el segundo elemento de esta composición de la lengua ibérica. Pero donde realmente encontraremos dificultades es en el comienzo de palabra, que, si es siempre la posición más inestable, cuando presenta como ahora un diptongo creciente es capaz de producir múltiples soluciones: aféresis (como en Iesero > Esero), epénteis (como en ein > egin), prótesis (como en ain > gain), conservación del diptongo o reducción del mismo. Estos dos últimos supuestos requieren un análisis detenido, paso a paso.

1. Los diptongos crecientes en i (ia, ie, io) se dan con una frecuencia extraordinaria en toponimia en posición inicial. Jamás permanecen inmodificados pues, como mínimo, la vocal inicial se transforma en consonante fricativa palatal sorda: Iaka > Yaka, Iaro > Yaro, Iosa > Yosa, Iesero > Yésero, Iespola > Yéspola, Iebra > Yebra. Observemos que, mientras algunos se estabilizan tras este cambio (Yésero, Yéspola, Yebra) otros se aprestan a nuevas variaciones.

2. Esta /y/ fricativa palatal sorda cambia frecuentemente su punto de articulación para convertirse en fricativa velar sorda /j/ : Yaka > Jaka, Iaro > Jaro, Yosa > Josa (Teruel).

3. Finalmente, la /j/ puede permanecer o cambiar a africada prepalatal sorda: Jaca > Chaca, Jaro > Charo, con paso intermedio por /x/ (Xaca, Xaro) o sin él.

4. Pero el diptongo ie puede reducirse por asimilación a ii, con lo que iniciaremos una nueva serie de fenómenos paralelos a los anteriores: Iist. > Yist > Jist > Chist.

Estamos ya en condiciones de explicar todas y cada una de las variantes de este topónimo:

Chistau: es una composición ibérica formada por un primer elemento, iest, helecho, al que se une aun, promontorio. Iest-aun > Iistaun > Yistaun > Jistaun > Chistau(n), significa “el promontorio de los helechos”.

Gistaín comparte con la anterior el primer elemento y los cambios fonéticos hasta Jist. A éste se une, también por yuxtaposición necesaria, un sinónimo de aun, que es ain, altura, elevación, montaña. Significa “la montaña de los helechos”.

Chistén comparte con los anteriores el primer elemento que evoluciona hasta chist. A continuación se une el comparativo de superioridad –en, “el que (tiene) más”. Por consiguiente, Chistén vale por “el que tiene más helechos”.

Por último, Gestavi. El diptongo ie nos llevará, por yest hasta jest. La unión del segundo elemento aun da Jestaun. Si un romanista se propone declinar el nombre propio Jestaun por muy ibérico que sea, nos presentará un genitivo singular jestaui > jestavi.


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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