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Calasán (51)

Altoaragonesa

Pocas veces como hoy,  inicio un trabajo con la sensación, fuerte y triste a la vez, de la casi total inutilidad de mi esfuerzo. La forma Calasán, que es la conforme a la etimología, la verdadera, la que describe con toda propiedad y concisión un hecho diferenciador muy característico, evidente y fácilmente comprobable del lugar, no tiene ningún predicamento y, me temo, tampoco lo va a tener.  Y es que la forma corrupta Calasanz, con su z final espúrea, se instauró muy pronto en la documentación escrita, alcanzó un predominio absoluto, casi total, es la utilizada actualmente con plena generalidad y, además, tiene una amplia serie de justificaciones “científicas”. Con todo, yo expondré mi verdad para aquellas personas interesadas en conocer, aunque no alcance otra trascendencia práctica. Empezaremos hablando de Calasanz.

Ubieto Arteta aporta como primera mención un documento de la Colección diplomática de Pedro I del año 1.095 en el que se cita a “Fortún Dat in Calasanz”. Este mismo autor, a lo largo de la peripecia histórica posterior de la villa, habla hasta nueve veces de “Calasanz”. Pero ya en 8 de marzo de 1.090, el conde Ermengol de Urgell y su esposa Adelaida ofrecen a Sta. Mª de Solsona unas propiedades comprendidas en illo castro quod nuncupant Calasancio (Fernando Galtier, Ribagorza, condado independiente, nota 108). Otros documentos (septiembre de 1.099, agosto de 1.100, julio de 1.110, en 1.127, etc.) insisten en la forma “Calasanz”. Joaquín Manuel de Moner y Siscar, natural de Fonz, se refiere a Calasanz, con esta grafía, en infinidad de ocasiones en su Historia de Ribagorza, desde sus orígenes hasta nuestros días, dos volúmenes, 1.880 (edición facsímil de la Asociación Guayente). En Focs y morabatins de Ribagorza (1.381-1.385) “loch de Calasanç”. Pero hay un documento otorgado por Alfonso I el 5 de marzo de 1.130 en el que consta “et usque ad Calassanes”, forma que parece presentar un plural de “Calassan”. Pues bien, a coincidencia grande, disparate mayor. Algunos lingüistas, como Joan Corominas (Onomasticon…III, 184) afirman que se trata del árabe qal´at, castillo, más el nombre de persona románico Sanz (latín Sanctius). En parecidos términos, Menéndez Pidal; el escolapio P.Julio Campos encuentra un prefijo prerromano o celta “cala” y el latín sanctius, con lo que traduce por “el monte del santo”. Tres breves pero demoledoras andanadas: 1ª. Cuando se habla del árabe qal´at estamos aceptando un topónimo árabe que no pudo ser anterior al año 711. ¿Es que no existía el lugar?. Falso, pues ya conocemos una cita documental del año 556. Luego, de árabe, nada. 2ª. Jamás, en el campo de la Toponimia científica, encontraremos un topónimo compuesto por un elemento árabe y otro latino, o celta más latino, o combinación similar. 3ª. Lo de “el castillo de Sanz”, o “el castillo de los santos”, o “el monte del santo” son boutades indemostrables que no hacen sino arrojar nuevos fantasmas al mundo de la Toponimia.

Se trata de una villa emplazada en las estribaciones meridionales de la Sierra de la Carrodilla, a 736 mts. de altitud. “Localidad de trazado medieval que se extiende de forma elíptica bajo la roca del antiguo castillo, hoy en ruinas. Se conservan lienzos de su muralla, cubos y la cisterna con surcos sobre la roca para aprovechar el agua de lluvia. Del templo románico de S. Bartolomé, correspondiente a este castillo, destacan el ábside, la espadaña y el arco de medio punto. Sus casas rezuman  antigüedad  y  reciedumbre: Coll, Plana, Nicolau, Castillón… Su iglesia parroquial de San Cipriano corresponde al siglo XVI con diferentes añadidos del siglo XVIII” (Huesca, guía turística del Altoaragón, Editorial Pirineo). Pero, en esta ocasión, es Madoz quien nos da noticia del hecho determinante para la interpretación del topónimo: Dice así:”Situada en una colina cortada por el N y E y defendida de los vientos que llaman en el país del Pirineo y con clima saludable…, una iglesia parroquial (S. Cipriano) servida por un cura, un vicario, cuatro racioneros, un sacristán, un organista, un campanero y dos monaguillos…, el edificio es el más notable de la población aunque de construcción sencilla, es antiquísimo; sobre la cima o parte más culminante de la colina en que hemos dicho que se halla situada la villa hubo en tiempos una fortaleza morisca muy considerable por su posición; todavía se conservan algunos lienzos de su fuerte muralla, la cisterna y un torreón que manifiesta fue el centinela de su entorno, además de varios cimientos donde sin duda existió el Alcázar, guardado por puentes levadizos que debía hacerlo inconquistable; en aquel mismo hay ahora una ermita dedicada a S. Bartolomé que mandó edificar el rey Don Pedro de Aragón en el año de 1.098 por haber tomado la fortaleza en el día de ese Santo, cuya posición era indispensable para sitiar con ventaja la ciudad de Barbastro. En su circunferencia se encuentra un hermoso pozo de agua salada que no cede en calidad a la de las famosas salinas de Peralta…, se encuentran diseminadas por todo el término 56 torres o casas de campo…, está bastante poblado de olivos y abunda en diferentes minerales de piedras de colores negros, azul, verde y encarnado, y de yeso y cal de buena calidad…

Hemos dejado la N-230 , pasado por Gabasa y Peralta y, a poco de tomar la carretera de Azanui, nos desviamos a la derecha hacia Calasán. Estamos en tierras de tipismo, historia y sal: el salinar de Peralta, la Casilla de la Sal, el barranco Salado, el Pozo de la Sal y las salinas de Calasán. Subimos por el paraje de La Ganza, del que toma nombre la ermita de la Virgen de la Ganza, que queda a la derecha de la carretera. Esta finaliza en lo alto de la villa, al lado oeste, y antes de encaminarnos hacia el centro y a la iglesia de S. Cipriano, que queda en el extremo este, subimos en diagonal hacia el N por una calle o camino entre tapias, roquedos y alguna casa. Al punto atrae nuestra atención la vistosa gama de colores que presentan las piedras en las paredes inmediatas: las hay de todos los matices, desde el rosáceo al rojo intenso, blanquecinas y casi negras, azul fuerte, grises y verdes, y todas ellas han sido extraídas  de las inmediaciones como demuestran las rocas veteadas que afloran por doquier. Después descendemos por una estrecha calle hasta una plaza o encuentro de vías; allí, al lado izquierdo, una formación rocosa que llega hasta el suelo encementado, muestra restos defensivos y, sobre todo, una visible variedad de coloraciones pese a la erosión y al enmascaramiento. Seguimos hacia el Este, ahora subiendo, y llegamos hasta la iglesia: su aparejo, fino y bien ajustado, presenta una coloración hermosísima pues, sobre un campo predominantemente rosáceo y rojizo de múltiples matices, descuellan algunas piedras blancas, azuladas y negruzcas.   

Calasán es un topónimo ibérico, composición de dos sustantivos y un pronombre, con verbo auxiliar elíptico. El intríngulis de la cuestión reside en el primero de los nombres, kara o kala, que el Dic. Retana recoge solamente en una de sus variantes, la primera, esto es, con r, y con significado de “color, matiz”. Pero, ¿se usó con valor semejante la forma kala en la lengua ibérica?, ¿existió realmente un ibérico kala (que el colaborador de Corominas califica de “existencia y sentido inciertos”)?. Rotundamente, sí. En primer lugar, el propio Diccionario nos ofrece las voces kara-ko, “mengano”, y kala-ko, “el de marras”, en las que queda patente la alternancia r/l. Después, esta alternancia se erige en uno de los fenómenos fonéticos más característicos de aquella lengua, con  manifestaciones  frecuentes e importantísima: mor(o)-a > mola, arkud(a)-ti-a > Alcudia, kar-biar > Kalbiá, orlo > ollo >olo, tza-anta-eremu > Santelm, arari-on > Alaró, m-onta-taulen > Montaure, f(a)ra-mairu-etxe > Flamaire, phula-ka > Furaka, y muchísimos otros ejemplos más. Finalmente, el arraigo de este fenómeno ha perdurado durante milenios y ha seguido operativo cualquiera que fuese el origen de la voz (ibérico, latino, árabe, romance…) en que se reproduce: arado, lat. aratrum > “aladro”, armario > “almario”, calabaza > “carbaza”, etc.

Pero la realidad de la existencia de kala y de su valor cierto de “color, matiz”, se apoya, más si cabe, en la perfección sintáctica y semántica de la composición Calasán. Se construye, con toda regularidad, una oración simple, transitiva, cuyo sujeto es una oración subordinada de sustantivo representada por el pronombre relativo n, (al final de la composición) que debemos traducir por “el que”, más la elipsis de la forma da del auxiliar izan, que aquí deja de ser cópula pues presenta valor de “tiene” y convierte a la oración en transitiva; y, por último, el complemento u objeto directo kala-tza. Esta última forma, tza, vale por “montón”, “gran cantidad”, “abundancia de”, y la hemos conocido repetidamente actuando como raíz en posición inicial, como sufijo al final de la composición, u ocupando posición intermedia como en el caso presente.

La aglutinación kala-tza se efectúa por yuxtaposición necesaria, al igual que tza-n. La ordenación ibérica kala-tza-n > Calasán, se trastoca completamente al traducir al castellano: n-tza-kala, es decir, “el que tiene gran cantidad de colores”. La perfección semántica, la descripción concisa pero exacta de un fenómeno tan particular y notorio, ¿ no prueba el acierto en el análisis y, otra vez, la identidad entre la lengua ibérica y el vasco antiguo?.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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