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Buera (111)

Altoaragonesa

 

El estudio del topónimo Buera presenta, ya desde el inicio, una notoria dificultad pues, leyendo el Madoz, nos enteramos de que el lugar está “situado en un llano a la falda de un monte”, lo que está en radical oposición con el sentido que al mismo hemos asignado, según un estudio previo “en laboratorio”, y que me parece de máxima racionalidad. La conciliación de estas dos posiciones, en apariencia incompatibles, constituirá el problema principal de este trabajo. Pero vayamos antes con unas consideraciones previas que nos ayuden a centrar la cuestión.

En primer lugar, el diptongo creciente ue parece ser un ejemplo más de diptongación de una o etimológica, esto es, de una forma primitiva bora. La frecuencia de este fenómeno fonético es tan grande que resulta más que habitual, casi omnipresente y, ciñéndonos a los topónimos vecinos de esta misma comarca o área, lo encontramos en Alberuela, que tiene forma documentada Alberola; en Castillazuelo, con origen en Castillazolo; en Isuala, procedente de Isuela y éste de Isola; en Huerta que deriva del ibérico Ortu, huerto; en Adahuesca, corrupción de Abosca, etc. En consecuencia, nos centraremos en el estudio de la forma Bora y veremos a qué nos conduce.

A continuación, dentro del ámbito de la Toponimia ibérica, debemos tener siempre presente un hecho absolutamente esencial, cual es la equivalencia entre los pares de consonantes oclusivas, sonora y sorda, con un mismo punto de articulación: bilabial b (sonora) y p (sorda), dental d (sonora) y t (sorda), velar g (sonora) y k (sorda). De que tal equivalencia o confusión tuvo carta de naturaleza en lengua ibérica lo prueba el hecho de que, en los textos escritos, exista un solo signo o letra para representar las sílabas ba/pa, be/pe, bi/pi, bo/po, bu/pu, da/ta y así sucesivamente. En el vasco antiguo, un mismo nombre o afijo tiene, en ocasiones, las dos variantes con el mismo significado, por ejemplo guia y kuia, -be y –pe, –di y –ti, etc. Pero en la mayoría de los casos prevaleció una de las dos en los diccionarios al uso, con aparente olvido de su pareja; pero decimos bien: “con aparente olvido”, porque en cualquier momento, en cualquier topónimo, puede aparecer expresa y vigente la “olvidada”. Estamos diciendo que si, por ejemplo, el Diccionario Retana de Autoridades nos presenta la forma pora, debemos tener presente a su correspondiente bora.

Por último, la documentación histórica. Ya en el año 1.094, un documento (recogido por D. Antonio Durán Gudiol en su obra Colección diplomática de la Catedral de Huesca) por el que el rey Sancho Ramírez procede al reparto de tierras, contiene la forma Buera. Es interesante comprobar cómo, ya en el siglo XI, se había consumado el fenómenos de la diptongación o > ue. Y que, si en la forma histórica y actual de este topónimo ha prevalecido la oclusiva bilabial sonora, siendo, en realidad, “la oculta”, pues el citado Diccionario solamente recoge pora, con significado de “vientre”.

Buera es una población de 102 habitantes (censo al 1 de Enero de 2.005), que se emplaza a 522 m de altitud. Se incluye en el municipio de Santa María de Dulcis (nombre bien poco afortunado, pues ni describe nada ni escoge como elemento diferenciador algo realmente importante), juntamente con Huerta de Bero, localidad esta en la que se sitúa el Ayuntamiento. Un paseo por el casco urbano, bien cuidado, nos dará ocasión de contemplar la parroquial del siglo XVI, “El Torno de Buera” (antigua almazara), la fuente, alguna casa blasonada con portal decorado, el pozo de hielo llamado “Pozo de los Moros” (fotografiado  por  Fernando  y  Ana Biarge  en  su  obra Piedra sobre Piedra, pág. 207), dos restaurantes y un hotel con merecido prestigio, casas de turismo rural y, sobre todo, gentes amables con las que uno puede detenerse a hablar con la seguridad de ser bien atendido.

Cuando, por la carretera de Barbastro a Alquézar, al poco de sobrepasar Huerta, tomamos un desvío a la derecha que, tras dos kms. nos lleva a Buera, observamos que, en efecto, el pueblo se asienta en un llano; pero, mirando a nuestra derecha según entramos, vemos una formación montañosa que llama la atención, que contemplaremos a gusto una vez que nos hemos situado, a pie, en el lugar: está bastante próxima y tiene la forma perfecta de un cono, con las caídas laterales bastante tendidas, esto es, poco inclinadas, adoptando la forma general de un “vientre” o abombamiento. Pregunto por su nombre y me dicen que, de siempre, ha sido conocida como “Peña Castillo”, lo que resulta muy sugerente. Pero hay más: desde lo alto se contempla una amplia panorámica en la que se inscriben Colungo, Asque, Alquézar, Radiquero, Adahuesca y Huerta, lo que parece bastante apropiado si, en efecto, se emplazó allí algún castillo. Más todavía: varios vecinos insisten en que ellos mismos han encontrado restos de cerámica, lo que indica un primitivo poblamiento. Tinto y en botella… A falta de las oportunas prospecciones arqueológicas, todo parece indicar que, en época ibérica al menos, el pueblo de Buera estuvo emplazado en la actual Peña Castillo, y que, en época indeterminada, los vecinos del lugar, dando prevalencia a la comodidad, abastecimiento de aguas y otras consideraciones sobre la defensa y vigilancia del entorno, decidieron descender al llano en que se asienta actualmente.

Para mí esta tesis, pendiente de confirmación sobre el terreno, tiene una fuerza especial por una consideración lingüística y etimológica: los iberos describen el lugar, siempre y en todas las ocasiones, con una gran fidelidad y acierto, y si ellos lo designan con el nombre de Bora > Buera es, sencillamente, porque escogen como elemento diferenciador el emplazamiento en este cerro o colina que tiene forma de vientre o panza. Véanse mis trabajos sobre otros topónimos similares, como Porreres (pora-eretz, “al lado de la panza”) en Mallorca, o Porroduno, en Ribagorza.

 

 


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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