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B. Romanos.

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Ciertamente, una religión sólo se justifica si comporta un código moral sólido, útil, bueno. La doctrina religiosa, con independencia de las tesis sobre las grandes cuestiones que constituirán el objeto de la fe de los creyentes (la creación del mundo y del hombre, la inmortalidad del alma, la vida en un mundo futuro, la condenación o la salvación eternas…), deberá contener un conjunto de normas o pautas que regulen la relación del ser humano con Dios y con sus semejantes. En esta segunda vertiente, aquellas normas regularán su actuación, deseos y pensamientos de modo que, primeramente, sean conformes a su propia dignidad personal; después, impongan el respeto a los derechos ajenos y, por último, establezcan el deber de la solidaridad y ayuda mutua. Pues bien, si con este criterio (la necesidad de un código moral) analizamos la religión que profesó el pueblo romano, tanto durante la Monarquía como en la República y en el Imperio, el juicio no puede ser más negativo: los incontables dioses grecorromanos (grandes dioses, principios divinizados, genios) “no eran seres éticos. Los dioses de Grecia y Roma no eran buenos o malos. Se describirían mejor como energías cuyo uso los seres humanos podían juzgar correcto o incorrecto, justo o injusto, pero empleaban sus poderes sin regirse por ningún sistema moral” (Mitología. Janet Parker y Julie Stanton. Global Book publishing, Australia 2.003). De aquí que la mitología clásica sea un verdadero repertorio de tipos delictivos y de conductas inmorales, generalmente sin sanción; componen una historia divertida, muy imaginativa, en la que no faltan la violación, el incesto, el adulterio, el estupro y el rapto, así como el asesinato, el genocidio, la tortura, la mutilación, el odio y la venganza, la mentira y el engaño, el robo y el hurto, y los crímenes, vicios y pecados, en fin de la más variada naturaleza, Sería falso y exagerado afirmar que los ciudadanos romanos imitaban a sus dioses habitualmente; pero sí resulta innegable, al menos, que la religión no les proporcionó un modelo a seguir que actuara como “autofreno moral inhibitorio”. Y Roma llegó a ser una sociedad poderosa pero corrupta, en la que cualquier vicioso y miserable, desde un punto de vista moral, podía alcanzar la gloria, el poder y hasta el favor popular, tal como Julio César, “el marido de todas las esposas y la esposa de todos los maridos”.

Pero la amoralidad pública y privada cede en intensidad ante la inmensa soberbia romana. Así, a “los romanos, grandes patriotas, les halagaba mucho el hecho de poder mezclar los dioses influyentes como Venus y Marte y personalidades de elevada posición como Eneas, al nacimiento de la Urbe. Sentían oscuramente que era muy importante educar a sus hijos en la convicción de que pertenecían a una patria edificada con el concurso de seres sobrenaturales, que seguramente no se hubieran prestado a ello de no haberse propuesto asignarle un gran destino. Esto dio un fundamento religioso a toda la historia de Roma que, en efecto, se derrumbó cuando se prescindió de él” (Indro Montanelli, Historia de Roma, pag. 14). Pero la soberbia, el endiosamiento refulge cegador en “Virgilio , ya en la Egloga IV y especialmente en la Eneida; para Virgilio, en la Roma primitiva … ya se preconiza la Roma imperial, en cuyas tareas participarán todos los pueblos. Este Imperio, nacido del providente destino de los dioses, será universal y eterno bajo el cetro de la divina raza de los emperadores de la estirpe del divino César, descendiente de Venus y Aeneas; ellos, la gens Iulia, recibirán culto entre los dioses, que les será tributado por todos los pueblos, augurando el Culto Imperial que se extenderá por todas las provincias como principio sustentador básico de la autoritas imperial” (Angel Montenegro Duque, Gran Historia Universal, tomo IX, pag. 178). Dos breves adiciones a este apartado: primera, que ya Alejandro el Magno (siempre y en todas partes el modelo griego) se había hecho coronar en Egipto hijo de Amón y, por tanto, hijo de los dioses; segunda, que los romanos ya levantaban los fascios o estandartes que recuperaría Mussolini.

“Alejandro preguntaba a un pirata con qué derecho se atrevía a infestar los mares con un barco endeble. Con el mismo – contestó – que tú devastas el mundo” (Cicerón, La República, libro III, capítulos XII y XIII, fragmento recogido en Nonio IV). Sublime Cicerón que sitúa sobre el mismo plano de la injusticia al ladronzuelo y al devastador universal, pero marca la inmensa diferencia en la culpabilidad a la vista de las acciones criminales y de sus efectos. Porque, cualquiera que sea su motivación (pueblo escogido por Dios, hijo de los dioses, unificador de todos los pueblos, evangelizador del mundo, esplendor y gloria bajo los dictados de una raza superior, y otras aberraciones mentales y espirituales locas y canallescas), las grandes figuras y pueblos de la Historia, tales que Alejandro el Magno, Roma, Carlomagno, Gengis Kan, Isabel la Católica, Napoleón o Hitler, no son otra cosa que criminales magnificados por el número y trascendencia de sus crímenes. Roma, en particular, no respetó nunca los derechos ajenos, simplemente, porque no reconocía ningún derecho al extranjero: “Estos (los bárbaros) no son sino tributarios o esclavos en potencia: todo acuerdo con ellos es provisional ; ocupantes de vastos y ricos territorios son objeto de explotación inflexible”(G. Fatás y F. Marco, Gran Historia Universal, Tomo IX, pag. 95). En igual línea, Manuel Ballesteros Gaibrois, Historia de España, pag. 127, expone: ”Hispania es, a los ojos de los romanos, una “pro-vincia”, es decir, un territorio a disposición del vencedor, sobre el que se monta una administración que teóricamente lo supone todo sometido y que se apoya sobre la idea de la soberanía. Los pactos que los romanos celebraban con las ciudades no son el reconocimiento de sus derechos, sino el medio de conseguir su no beligerancia, para, más adelante, hacerla entrar en la general administración romana”. Terminemos este apartado sobre la injusticia romana mostrando, de nuevo, la clarividencia de Cicerón:” Podemos comprender la diferencia que media entre la utilidad y la justicia en la historia del pueblo romano que, al declarar la guerra por sus faciales, cometiendo igualmente multitud de injusticias, codiciando y arrebatando siempre el bien ajeno, se apoderó de todo el universo. ¿Qué es el bien de un pueblo sino el daño de otro?. ¿No interesa a la nación ensanchar sus fronteras por la fuerza de las armas, llevar a lo lejos su imperio, aumentar las rentas, etc?. El que proporciona estas ventajas a su patria, el que con la ruina de las ciudades y abatimiento de los pueblos llena las arcas públicas, confisca tierras, enriquece a sus conciudadanos, este hombre se ve ensalzado hasta las nubes, y encuéntrase en él la virtud perfecta y soberana. Y este error no es solamente del pueblo y de los ignorantes, sino que incurren en él los filósofos, que llegan hasta dar lecciones de justicia” (La República, Libro III, cap. XI, recuperado por la cita de Lactancio , Instituciones, cap. VI).

“En general, los romanos utilizaban la violencia para todo, creídos de que sus propósitos deben forzosamente llevarse a cabo, y que nada es imposible para ellos una vez que lo han acordado” (Polibio, Historias, libro I, pag. 115). Esta violencia está omnipresente en la vida pública romana, desde que Rómulo mató a su hermano Remo hasta que Odoacro mató a Orestes y confinó a Rómulo Augústulo. La pax romana no fue sino un sarcasmo. Y en la intimidad del hogar, olvidando por el momento la vida y muerte de los esclavos, “sólo el paterfamilias podía comprar o vender pues sólo él era el dueño de todo, incluída la dote de la esposa. Si ésta le engañaba o le robaba el vino de las cubas, podía matarla sin proceso. Idénticos derechos tenía sobre los hijos, que también podía vender como esclavos”(I. Montanelli, op. cit. pag. 82). En el comercio, el deudor que no podía pagar quedaba convertido en esclavo del acreedor, quien podía retenerlo, venderlo o matarlo; incluso, siendo dos o más los acreedores, éstos podían repartirse los despojos. La profesión de sicario alcanzó gran notoriedad y desarrollo, tanto que se podía comprar la muerte de una persona por unas cuantas monedas, a causa de la abundancia de la oferta. Pero si la violencia impregna todo momento y todo ámbito de la vida romana, sorprende e impacta todavía más el ánimo contemplar el grado de crueldad y salvajismo con que se manifestaba habitualmente. Para ello, traeremos a colación dos textos clásicos. El primero, de Tácito, versa sobre la toma de Cremona y está recogido en la obra El ejército romano, de Yann le Bohec, Ariel, Barcelona 2.004, páginas 192-103: “Cuarenta mil hombres de armas se precipitaron en ella, sin contar un gran número de sirvientes del ejército y de vivanderos, una calaña curtida en toda clase de prácticas lúbricas y crueles. Ni el rango ni la edad significaban protección alguna; se mezclaba la violación con la matanza, la matanza con la violación. Ancianos de edad provecta, mujeres cuya vida estaba casi finalizada, despreciados como botín, eran arrastrados para que sirvieran como juguete. Cuando se encontraban con una virgen núbil o con un hombre bien parecido, terminaban despedazados por las manos brutales que trataban de apropiárselos, y acababan por provocar entre los raptores un combate a muerte. Mientras unos robaban la plata de los templos y las pesadas ofrendas de oro, venían otros que los masacraban…Cremona se vio sometida a todos estos horrores durante cuatro días”. El segundo, de Apiano (Historia romana, pag. 182), dice así: “Había, sin embargo, una ciudad rica, Lutia, distante de los numantinos unos trescientos estadios, cuyos jóvenes simpatizaban vivamente con la causa numantina e instaban a su ciudad a concertar una alianza, pero lo de más edad comunicaron este hecho, a ocultas, a Escipión. Éste, al recibir la noticia alrededor de la hora octava, se puso en marcha de inmediato con lo mejor de sus tropas ligeras y, al amanecer, rodeando a Lutia con sus tropas, exigió a los cabecillas de los jóvenes. Pero, después que le dijeron que éstos habían huído de la ciudad, ordenó decir por medio de un heraldo que saquearía la ciudad, a no ser que le entregaran a los hombres. Y ellos, por temor, los entregaron en número de cuatrocientos. Después de cortarles las manos, levantó la guardia y, marchando de nuevo a la carrera, se presentó en su campamento al amanecer del día siguiente”.

Ya vencidos, los bárbaros pasaban de ser enemigos a simples objetos de los que se podía usar, abusar y disfrutar, ya obligándoles a trabajar en condición de esclavos, ya vendiéndoles, ya simplemente, matándoles, todo lo cual se corresponde perfectamente con la idiosincrasia romana hecha de amoralidad, soberbia, injusticia, violencia y crueldad. Lo que sí sorprende es el inmenso número de esclavos que se generó a lo largo de toda la historia romana: “Volcábanse esclavos en Roma como un caudalosos torrente. Cuarenta mil sardos fueron importados de golpe en 177 y ciento cincuenta mil epirotas diez años después… La abundancia era tal que transacciones de diez mil cabezas a la vez eran normales en el mercado internacional de Delos, y el precio bajaba hasta quinientas libras cada una…En la ciudad, los esclavos suministraban ya la mano de obra en los talleres de los artesanos, en las oficinas, en los Bancos, en las fábricas, condenando a la desocupación y la indigencia a los ciudadanos que antes estaban empleados en ellas…Pero la ley económica de la competencia y de los precios ponía un límite a esas humanas disposiciones. Quería que se exigiese cada vez más y que se concediese cada vez menos. … Pero en los latifundios, donde los esclavos eran contratados a cuadrillas, el amo no se dejaba ver y en su puesto estaba un cómitre escogido entre la peor canalla, que procuraba ahorrar hasta lo imposible en comida y andrajos, que era el único salario de aquellos desdichados; los cuales, si desobedecían o se quejaban, eran echados, cargados de cadenas, a un ergástulo bajo tierra” (I. Montanelli, op. cit. pags.179-180). En Ispania, al socaire de las continuas guerras que se prolongaron durante doscientas años, cientos de miles de iberos, quizá más de un millón, corrieron idéntica suerte. Galba, el gran genocida de los lusitanos, vendió en una sola ocasión, en la Galia, a veinte mil desgraciados que confiaron en su promesa de paz. Hasta un hombre tan afamado y prestigioso como Publio Cornelio Escipión Emiliano (hijo de Paulo Emilio y nieto adoptivo del vencedor de Zama, Publio Cornelio Escipíon “el Africano”), tras destruir Cartago en la tercera guerra púnica y vencer la heroica resistencia numantina en el 133 a. de C , tomó cincuenta hombres de Numancia, los envió a Roma para que estuviesen presentes en su triunphus y vendió como esclavos a todos los demás. Roma practicó con tal extensión, intensidad y éxito militar y económico la esclavitud en la Península que la institución caló profundamente en una de las dos Españas que nacieron de su conquista e imperio, la de “los señores”; ésta, siempre operativa y dominante (la propia Iglesia tenía esclavos en sus grandes monasterios medievales), se ha mantenido viva y sin oposición hasta la muerte del último “caudillo por la gracia de Dios”.

Expuestas las notas anteriores, se comprenderá que los más salvajes y horrorosos genocidios fuesen comunes y naturales para los romanos y que, por supuesto, quedaran sin sanción. Veamos dos relatos de un autor tan poco dudoso como Apiano, que cuenta lo siguiente: “Galba llevaba a cabo la misma operación por el lado opuesto. Cuando algunos de sus embajadores (de los iberos) vinieron a él con el deseo de consolidar los pactos que habían hecho con Atilio, el general que le había precedido, y que habían quebrantado, firmó una tregua y mostró deseos de entablar relaciones amigables con ellos, ya que entendía que se dedicaban a la rapiña, a hacer la guerra y a quebrantar los tratados por causa de la pobreza. “Pues – les dijo – la pobreza del suelo y la falta de recursos os obligan a esto, pero yo daré una tierra fértil a mis amigos pobres y os estableceré en un país rico distribuyéndoos en tres partes”. Ellos, confiados en sus promesas, abandonaron sus lugares de residencia habituales, y se reunieron donde les ordenó Galba. Éste último los dividió en tres grupos y, mostrándoles a cada uno una llanura, les ordenó que permanecieran en campo abierto hasta que, a su regreso, les edificara sus ciudades. Tan pronto como llegó a la primera sección, les mandó que, como amigos que eran, depusieran sus armas. Y una vez que lo hubieron hecho, les rodeó con una zanja y, después de enviar a algunos soldados con espadas, los mató a todos en medio del lamento general y las invocaciones a los dioses y a las garantías dadas. De igual modo también, dándose prisa, dio muerte a la segunda y tercera sección cuando aún estaban ignorantes de la suerte funesta de los anteriores, vengando con ello una traición con otra traición a imitación de los bárbaros, pero de una forma indigna del pueblo romano. Sin embargo, unos pocos de ellos lograron escapar, entre los que estaba Viriato, quien poco después se puso al frente de los lusitanos, dio muerte a muchos romanos y llevó a cabo grandes hazañas” (Historia romana, pags. 154-55). “Quinto Fabio Serviliano … recobró su botín poco después y tomó las ciudades de Escadia, Gemela y Obólcola que contaban con guarniciones establecidas por Viriato, y saqueó otras e, incluso, perdonó a otras más. Habiendo capturado a diez mil prisioneros, les cortó la cabeza a quinientos y vendió a los demás” (id., pags. 161-62). Con engaños y alevosía actuó Lúculo que “violando la paz firmada por Marcelo, sin motivo que lo justificase ni orden del Senado, atacó traidoramente a los vacceos, pueblo que habitaba al norte de los arévacos, en el curso medio del Duero y de sus afluyentes de una y otra orilla. El primer ataque lo sufrió Cauca, la actual villa de Coca, en la provincia de Segovia. Los españoles, vencidos en el campo, buscaron refugio en la ciudad, y por medio de sus ancianos pidieron la paz. Cuando los de Cauca hubieron aceptado y cumplido las condiciones del vencedor, se atrevió Lúculo a otra nueva exigencia: la admisión en la ciudad de un cuerpo de ocupación de dos mil hombres. Los iberos aceptaron esta condición peligrosa y los soldados romanos ocuparon las murallas y sus puertas. Sobrevino entonces la espantosa traición: el cónsul hizo entrar en Cauca al resto del ejército y ordenó una matanza general de los indefensos habitantes de la ciudad” (Pedro Aguado Bleye, Manual de Historia de España, tomo I, pag. 216). No nos detendremos en el “auténtico genocidio” cometido por Agripa, yerno de Augusto, ante la desesperada residencia de los cántabros en el 19 a. de C., o en la gran mortandad causada por Metelo “El Baleárico”, narrada por Paulo Orosio (Historias, libro V,13: “ejecutando a gran cantidad de sus habitantes”), a pesar de que, como dice Estrabón (Geografía, libro III, 5,1) “debido a la fertilidad de los lugares viven en paz sus habitantes lo mismo que los de Ebuso”.

“Lo que nosotros tomamos al enemigo se convierte igualmente en nuestro por consideración natural” (Gayo, Instituciones, II, 69). He aquí a uno de los cuatro grandes jurisconsultos romanos, retorciendo el derecho natural y de gentes en beneficio propio, y exhibiendo un cinismo característico que todavía hoy podemos reconocer en ciertos ámbitos político-religiosos. Al romano prepotente, vencedor y codicioso sólo le faltaba la sanción jurídica para dar rienda suelta a una rapiña oficial (Senado e Imperio) o particular, que difícilmente encontrará parangón en la historia universal. Porque sería un tremendo error creer que el expolio se circunscribió a los inmensos botines en moneda, tesoros, obras de arte y objetos valiosos alcanzados en los asaltos y devastaciones: toda una maquinaria de exacciones y coacciones, ya experimentada y bien afinada, se pondrá en funcionamiento para llenar arcas y bolsillos: los impuestos y tributos resultaban insoportables, agravados además por la codicia de cónsules, pretores, generales y funcionarios cuyos abusos llegaron a provocar repetidos alzamientos y movimientos de protesta; el cobro de impuestos era, a menudo subastado o concedido por el Estado a individuos que, sin cortapisa ni control, lograban amasar inmensas fortunas; las ventas de esclavos proporcionaban enormes beneficios, al igual que las confiscaciones de tierras, inmuebles y semovientes, adjudicadas a continuación a clientes, latifundistas y compradores que, en todo caso, eran fieles colaboradores de la “causa” romana; la explotación de las minas hecha con esclavos de cuya desesperación se guardaban los romanos con la estrecha vigilancia del ejército; el comercio del trigo, el aceite y el vino, principalmente, comprados a bajo precio o expoliado y que llegaban a ser tan competitivos en Roma que provocaban la ruina y abandono de las explotaciones agrarias itálicas. Con todo ello, y mucho más que omitimos, resultará comprensible el siguiente párrafo de Guillermo Fatás y Angel Montenegro (Gran Historia Universal, IX, 98): “Uno de los más llamativos aspectos generados por la conquista fuel el gran movimiento de capitales en metálico. Según cálculos recientes, basados en datos sueltos de Livio y Polibio, tan solo entre 200 y 157 llegaría a Roma más de 150.000.000 de denarios por el solo concepto de multas de guerra, otros 100, como mínimo, de botín y no menos de 130 como recaudaciones provinciales; parece que no sería imprudente pensar, para esos años, en un total de 560.000.000 de denarios”. El corolario lo pone Cicerón (vida pública azarosa y controvertida pero pensamiento limpio y brillante) en su obra La República, capítulo XV: “Si todos los pueblos que florecen por su imperio, si los romanos, especialmente, que son dueños del mundo, quisieran practicar la justicia, esto es, restituir el bien ajeno, tendrían que volver a sus antiguas cabañas y vegetar en la pobreza y la miseria”.

Por último, la actuación menos cruenta pero más trascendente de los romanos en Ispania: la falsificación de la Historia. Es sabido que la Historia la escriben los vencedores, y es humano que éstos intenten justificar o, al menos, paliar la injusticia y salvajismo de sus actos. En este intento, y en ocasiones, se crean de la nada y carentes, por ello, de toda veracidad, supuestos de hecho justificativos de las tropelías, como, por ejemplo, cuando Estrabón, tras haber admitido que “debido a la fertilidad de los lugares viven en paz sus habitantes (los baleáricos) lo mismo que los de Ebuso”, añade: “pero en una ocasión en que unos cuantos malhechores hicieron causa común con los piratas del mar, cobraron mala fama todos y tuvo que hacer una expedición naval contra ellos Metelo, el apodado Baleárico…”, expedición que se resolvió con la conquista de las Islas tras una “gran mortandad”; en otras, se desconoce el estado de necesidad en que se encuentra la población autóctona tras las confiscaciones de tierras y saqueo de ciudades y poblados, patente en, por ejemplo, el texto de Apiano que se inicia así: “Pero todos los que estaban especialmente faltos de tierra y obtenían su medio de vida gracias a una existencia errabunda se congregaron, en su huída, en la ciudad de Complega…”; ni siquiera la legítima defensa de su vida y de su familia, de la libertad, de la dignidad personal, de su patrimonio son admitidas ni entendidas por los romanos, como cuando Estrabón atribuye a “crueldad y falta de cordura bestiales” los hechos siguientes: “Por ejemplo, en la guerra de los cántabros, unas madres mataron a sus hijos antes de ser hechas prisioneras, y un niño, estando encadenados como cautivos sus padres y hermanos, se apoderó, por orden de su padre, de un acero y los mató a todos, y una mujer a sus compañeros de cautiverio lo mismo. Y uno, al ser conducido a presencia de unos soldados borrachos, se arrojó a una hoguera”. Como si a los iberos no les alcanzara el horror de la pederastia en su presencia y con sus hijos como víctimas, la violación y las más abyectas prácticas sexuales con sus esposas, la sodomía propia y, al fin, tras todos los abusos, vejaciones y crímenes posibles, la esclavitud o el asesinato. Y aquellos romanos amorales, soberbios hasta la locura, injustos, crueles y ladrones, explican sus desvarios en la inmensa superioridad de su raza frente a los bárbaros, salvajes, miserables, innobles, pendencieros, ladrones, nunca dispuestos a aceptar el imperium fundamentado en la maiestas de su divina raza.

Es verdad que algunos autores y hombres públicos romanos mostraron en algunas ocasiones ideas y conductas más acordes con la justicia y la humanidad. Es el caso del eximio Cicerón, del que ya hemos copiado algún texto, o del alejandrino, romano de adopción, Apiano, quien no puede ocultar su admiración por la bravura y nobleza de los ibéricos, tal como luce en el texto siguiente: “Astapa (la actual Estepa, llamada Ostippo por Plinio) era una ciudad que, siempre y en bloque, había permanecido fiel a los cartagineses. Sus habitantes, en esta ocasión en que Marcio tenía establecido el cerco en torno a ellos, convencidos plenamente de que si los romanos los apresaban los iban a reducir a la esclavitud, reunieron todos sus enseres en la plaza pública y tras apilarles alrededor troncos de madera, hicieron subir sobre la pila a los niños y mujeres. Tomaron juramento, a cincuenta hombres notables de entre ellos, de que, cuando la ciudad fuera apresada, matarían a las mujeres y a los niños, prenderían fuego a la pila y se degollarían a sí mismos. Los astapenses, poniendo a los dioses por testigos de estas cosas, se lanzaron a la carrera contra Marcio, que no sospechaba nada, por lo que hicieron replegarse a sus tropas ligeras y a la caballería. E incluso, una vez que estuvo dispuesta la legión con sus armas, las tropas de los astapenses eran, con mucho, las más destacadas por combatir a la desesperada, pero, no obstante, se impusieron los romanos por el número, ya que por el valor no fueron inferiores en absoluto los de Astapa. Y cuando todos estuvieron muertos, los cincuenta que quedaban degollaron a las mujeres y a los niños, prendieron el fuego y se arrojaron a sí mismos a él, dejando a los enemigos una victoria sin provecho. Marcio, sobrecogido por el valor de los de Astapa, no cometió ningún acto de violencia contra sus casas”.Pero éstos y algún otro no son más que las notas discordantes , verdaderamente excepcionales, de una “verdad” oficial que es necesario propalar. Una pléyade de autores, como Tito Livio, Polibio, Diodoro Sículo, Floro, etc. participan en la tarea. Tito Livio, por ejemplo, refiriéndose a los lacetanos de Cataluña, dice que son deviam et silvestrem gentem (gente errabunda y salvaje), y a los hispanos en general quod ipsorum Hispaniorum inquieta avidaque in novas res sunt ingenia (que el natural de los mismos hispanos es inquieto y ávido de revueltas). Pero es con Estrabón, el autor más torticero que ha conocido la Historia, con el que la calumnia y la difamación llegan al cenit. Para empezar, Estrabón no estuvo jamás en Ispania, por lo que todas las barbaridades que cuenta, o bien fueron invenciones suyas, o bienes informaciones sesgadas de terceros, lo que demuestra, de paso, la fama que se les adjudicó a los iberos que, en verdad, trajeron en jaque a la República durante doscientos años, mataron en combate a decenas de miles de romanos y se resistieron a ser “civilizados” por aquel pueblo racista, propulsado por el primer fascismo de la Historia al imperio universal, e integrado por individuos de condición moral ignominiosa. He aquí algunas de las “perlas “ que nos dedica el póntico Estrabón, que se refiere a César como “el Dios”, y que sigue fielmente la propaganda oficial en los tiempos de Augusto y Tiberio:

- Pero su ferocidad y salvajismo no se deben sólo al andar guerreando, sino también a lo apartado de su situación; pues tanto la travesía por mar como los caminos para llegar hasta ellos son largos, y debido a la dificultad de las comunicaciones han perdido la sociabilidad y los sentimientos humanitarios. Actualmente padecen en menor medida esto gracias a la paz y a la presencia de los romanos…(Geografía, III, 3,7, Montañeses del Norte).

- Este orgullo (el de los pueblos bárbaros) alcanzó su máxima expresión entre los iberos, a lo que se añadiría su trapacería innata y su falta de sencillez. Pues, a pesar de ser prontos en el ataque y bandidos por su género de vida, no se atrevían sino a pequeñas empresas…(III, 4,4)

- Son salvajes los que viven en aldeas, y como ellos la mayoría de los pueblos iberos; y tampoco dulcifican fácilmente las costumbres las ciudades cuando son multitud los que viven en los bosques para daño de sus vecinos (III, 4,13, Tribus y ciudades celtíberas).

- Los iberos eran, por decirlo así, todos peltastas y de armamento ligero debido a su vida de bandidaje, como dijimos de los lusitanos…(III, 4,15).

- De la insensatez de los cántabros se cuenta también lo siguiente: que unos que habían sido hechos prisioneros y clavados en cruces entonaban cantos de victoria (III,4,18).

- Además de estas insólitas costumbres se han visto y se han contado muchas otras cosas de todos los pueblos de Iberia en general, pero especialmente de los del Norte, relativas no sólo a su valor , sino también a una crueldad y falta de cordura bestiales (III, 4,17).

Pero aún tanta mentira y porquería carecería de importancia si la ponzoña y el purín no hubieran anegado y calado las mentes de muchos de los estudiosos hispanos hasta nuestros días: unos, porque se sienten orgullosos descendientes de la estirpe hispanorromana, esto es, de la España de los señores, triunfante sobre la España de los siervos, a saber, los iberos sometidos por la fuerza y componentes del “populacho”; otros, porque su fanatismo les llevará a seguir siempre a la Iglesia, en cualquier singladura, aún cuando ésta opte, en un momento determinado (III Concilio de Toledo, año 589) por la íntima unión con el poder temporal absolutista y se siente a la mesa de donde emana el poder, la riqueza y la gloria; otros, porque encuentran más grato y noble un origen indoeuropeo, encarnado en una raza superior, lo que les lleva a una fantasía celtista con el correlativo achicamiento y menosprecio de lo ibérico; otros, difusionistas y entreguistas, porque verán en cada elemento cultural y material, un influjo foráneo determinante; otros, en fin, porque obligados a manifestarse , se limitan a repetir lo ya afirmado por terceros, sustituyendo estudio por tenacidad. No quiero extenderme en exponer docenas de ejemplos de otros tantos eruditos (sobre religión, arte, lingüística, economía, historia, idiosincrasia, etc.) en los que, siempre, se manifiesta el menosprecio y el alejamiento hacia nuestros antepasados, en un contexto (etnias, orígenes, ámbito temporal y territorial) ciertamente equivocado hasta el ridículo. Me limitare a reproducir unos párrafos de los que es autor Juan Eslava Galán (Los Iberos, mr Ediciones, Madrid 2.004), cuyo estilo literario simpático, irónico, desenfadado, no le exime en modo alguno de mayor rigor en la propuesta de hechos y tesis: “¿Quiénes son los iberos?. Hace muy pocos años eran un pueblo misterioso. Hoy sabemos mucho más sobre ellos, aunque seguimos medio a oscuras. Más que un pueblo, constituyeron un conjunto de pueblos que desarrollaron una cultura propia entre los siglos –VI y –II. Al final se diluyeron en el imperio romano, como otras docenas de pueblos europeos, lo que, a la postre, fue una gran suerte para cuantos descendemos de ellos…En la península Ibérica, el Neolítico arraiga entre los años -5.000 y -3.000 (aunque puede que haya que atrasar estas fechas porque, por lo pronto, en Levante se encuentran vestigios de cultivos desde, al menos, el -7.000). Con el asentamiento y la roturación de los campos nace el sentido de la propiedad y asoman las orejas del nacionalismo y de la guerra. El hombre neolítico desarrolla una economía de producción que sustituye a la de mera subsistencia propia de sus abuelos, los cazadores recolectores. Se impone la división del trabajo y el agrupamiento en poblados permanentes… La vida en los poblados genera una sociedad más compleja. Los individuos más despabilados controlan los excedentes de producción y se erigen en régulos o jefes; también los podríamos denominar caciques o caudillos, o padrinos, incluso capos. Una sociedad que hasta entonces presentaba una clase única, la de los pobres, se va diversificando en pobres y ricos, con los imaginables grados intermedios de riquillos y pobres con posibles. Los verdaderamente ricos adquieren armas (el metal, al principio, es escaso y caro) y contratan guardaespaldas, lo que les convierte en más poderosos todavía frente a sus conciudadanos pobres. El pobre no tiene más remedio que buscar la protección de algún rico a cambio de obedecerlo y pagarle en trabajo o en productos… El régulo, que comienza de matón de aldea, cuando el tiempo y la riqueza lo pulen, funda una monarquía hereditaria legitimada por el brujo o sacerdote del poblado, el gran embaucador capaz de convencer a la comunidad de que los dioses desean que unos pocos ciudadanos vivan regaladamente a costa del resto”


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