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Ascaso (114)

Altoaragonesa

En mi ya largo caminar por tierras altoaragonesas he conocido muchos lugares en trance de despoblación, donde unas pocas personas, a veces una sola, ponen todo su empeño en mantener vivo el lugar, en seguir respirando el mismo aire, contemplar el paisaje, escuchar los ruidos familiares, andar los caminos, visitar el cementerio en el que, quizá, un ser querido está esperando, y en recordar…El apego a la tierra se acompaña con frecuencia de una resistencia cada vez mayor a lo nuevo o excepcional, como puede ser un viaje y hasta una visita. En una ocasión, hace mucho tiempo, trabé conversación con una de estas personas, la cual, a mi tonto comentario sobre la soledad, contestó con una frase inolvidable:”Hay algo peor que la soledad: la compañía no deseada”.

Otros muchos lugares han visto partir a sus últimos habitantes. Algunos de ellos, como Morcat, Miz o Bibán en el término actual de Boltaña, han caído en el abandono y la ruina más absoluta; sólo nos queda el testimonio histórico o la reseña del Madoz, además de la visita, siempre melancólica y poética de José Luis Acín Fanlo en sus Paisajes con memoria. Pero en muchas ocasiones, aquellos habitantes partieron empujados por la necesidad y con ánimo decidido de volver, siquiera ocasionalmente; de aquí que hayan conservado habitables sus viviendas, a veces hermoseadas, y siempre que les es posible (fines de semana o vacaciones, generalmente) regresan a “su” pueblo, restablecen lazos, vecinazgos, y modos de hablar, comparten recuerdos, reanudan tradiciones; son los “pueblos sepulcro” a los que uno no debe acercarse en los días de labor si lo que desea es obtener información, pero que se muestran vivos y acogedores en los momentos oportunos.

Ascaso ocupa, en este abanico de situaciones, una posición un tanto especial. Los dueños de la última casa habitada, Casa Castillo, se quedaron muy cerca, en Boltaña, y la dueña sube al lugar prácticamente todos los días; también sus hijas comparten el arraigo. Tengo la suerte – tras haber dejado el coche en la minúscula plaza, junto al hermoso reloj solar, recorrer el pueblo e investigar por mi cuenta, y cuando ya desesperaba de poder hablar con alguien – de encontrar a esta Sra. cuando llega en su visita diaria. Es una fuente de información realmente única, su madre y hermana todavía están empadronadas en Ascaso, y ella misma espera, quizá cuando se jubile, volver a vivir en Ascaso con carácter fijo.

Ascaso contaba, en un próximo pasado, con cinco casas: Lanau, Castillón, El Juez, Capablo y Tomás; además Sta. María de Ascaso, considerada pardina, a poco de coger el desvío a la derecha por la carretera general de Boltaña a Broto. Hay dos “fiziendas” (hacienda o heredad en aragonés) las de Lanau y Tomás, juntamente con algunos edificios auxiliares de los que, alguno, pudo ser antigua vivienda. La iglesia, antigua parroquia dedicada a S. Julián, está totalmente arruinada, excepción de la torre, que sería recuperable si se reparara la cubierta; también tuvo reloj solar que despareció, quizá no tan bello como el antes mencionado, que representa una dama (¿bruja?) que, se dice, fue pintada por un párroco local. La riqueza fundamental consistía en la ganadería de ovino y caprino; algunos campos sembrados de cereal, pequeños huertos, pocos frutales y muy poco más.

Desde la pequeña plaza, un camino que desciende pasa junto al abrevadero, después aparecen las “piedras saladeras” sobre las que se depositaba la sal para el ganado, y ya en el cauce, interesantísimas “pozas”, con noticias de tritones. En lo alto de la inmediata sierra de Nabain, las ruinas de la ermita de Santa Marina.

La configuración del terreno obligaba a la explotación de la ganadería y Ascaso siempre fue considerado como pueblo ganadero. Las “piedras saladeras” mencionadas y otras preparadas en otros lugares, no estaban puestas a humo de pajas. Pero el hecho, por ser común a muchísimos lugares del Altoaragón, no justificaría que se convirtiera en la esencia del topónimo Ascaso. Debió existir otra razón… y existe todavía. En rocas que afloran del suelo o en grandes piedras sueltas (también en otras más pequeñas que forman pared) aparece una capa blanca y cristalina con un tenue pero indudable sabor salado. Basta con humedecer la yema de los dedos, frotar enérgicamente y chupar a continuación.

Ascaso es una composición de tres elementos. El primero es atx, roca o peña; la simplificación del grupo consonántico tx > x, más la pronunciación fricativa apicoalveolar sorda /s/ de la fricativa prepalatal sorda /x/ nos conduce a as- (véase a este efecto mi análisis de Escorca < atx gorku a y que da sucesivamente axkork(u)a, askorka y Escorca). La segunda de las formas es gazi, salado; la consonante continua anterior /s/ provoca el ensordecimiento de la oclusiva velar sonora /g/ > /k/; una vez más, la fricativa interdental sorda /z/ toma sonido fricativo apicoalveolar sordo /s/, esto es, askasi. Por último, el adjetivo on, de uso continuo, que significa “bueno: útil y conveniente; buenísimo, rico, agradable, sano”; se une a askasi mediante elipsis al final del primer término, de modo que askas(i)-on > askaso(n), con enmudecimiento de la n final El topónimo Ascaso significa literalmente “las rocas (piedras) saladas buenas”, y se trata de piedras naturales, no preparadas.


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© Bienvenido Mascaray bmascaray@yahoo.es

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